Una simple pieza de escándalo mediático le puede dar al traste a seis años de un gobierno estable y hasta cierto punto con buenas cuentas.
No, no se confundan. Hablo de Harold Macmillan, Primer Ministro británico (de 1957 a 1963) quien, después de un gobierno de auténtica reconstrucción por la postguerra y partidario de “desenfriar” la Guerra Fría por su diálogo constante con el oeste –especialmente con Nikita Jruschov–, pudo controlar todo menos la doble moral de sus correligionarios del Partido Conservador, especialmente de su Ministro de Defensa, John Profumo, a quien tuvo que sacrificar (y con él al prestigio de todo su gabinete), debido al affaire que éste tuvo con Christine Keeler, una showgirl quien a su vez era amante del agregado naval soviético en Londres, Yevgeny Ivanov, quien actuaba como espía con la típica coartada de ser diplomático. Este affaire lo llevó magistralmente al cine Michael Caton-Jones en 1989 en una película llamada “Scandal” (por si gustan).

 

Muchas culturas en todo el mundo tienen una forma única de bendecir la mesa antes de una comida, ya sea con un plato de pasta italiana o un pad thai. Como niña de la generación de la posguerra, recuerdo haber bendecido la mesa con mi familia cada noche, un momento para reflexionar no sólo sobre la recompensa presente ante nosotros, sino también sobre otras bendiciones del día.

 


Memorabilia:

El día de San Valentín de hace 26 años, el Ayatollah Ruhollah Khomeini (el líder religioso chiíta quien 10 años antes había echado de Irán a su último Shah, Mohamed Reza Pahlevi mediante una revolución que buscó –y logró– evitar gobiernos democráticos de corte liberal en el territorio que antes fue conocido como Persia), proclamó una fatwa conminando a la población musulmana a ejecutar a cualquier persona que tuviera que ver con la edición de la novela de Salman Rushdie, Los Versos Satánicos. Una congregación religiosa fundamentalista iraní ofreció en 1997 tres millones de dólares por la cabeza de Rushdie.

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