
Cuando la impunidad se impone, el voto puede utilizarse como un ajuste de cuentas
Ocurrió lo predecible, ante la falta de compromiso, con la ley y la sociedad, de la Fiscalía General de Veracruz (yo no me dejo presionar por nadie, dice el fiscal Luis Ángel Bravo Contreras), tenemos noticias de que Diego Cruz Alonso, uno de los cuatro “presuntos” violadores de la jovencita Daphne Fernández, ya salió de territorio nacional.
De acuerdo a la información disponible, Cruz Alonso aterrizó en Madrid, España, procedente de la CDMX, el pasado 29 de marzo, en el vuelo AMX021 de Aeroméxico. Como suele pasar en estos casos, la embajada de México no sabe si el “porky” permanece en la capital española o continuó su fuga vía terrestre.
Pero no es el único, Enrique Capitaine Marín, en cuya casa sucedió la agresión sexual, se encuentra en The Woodland, Texas, donde su familia tiene una propiedad.
La pregunta elemental es: si son inocentes, como ahora afirman ¿por qué huyen?
Apenas el lunes, María Elena Morera, presidenta de Causa Común, dirigió una carta al gobernador Duarte, pidiendo información sobre el paradero de los multicitados pandilleros.
Esto nos indica que la activista contra el crimen, tenía información de que los agresores se estaban “pelando”, la especie fue confirmada por la prensa, pero la Fiscalía ¿estaba enterada y lo ocultó o “relajó” la vigilancia?
Simultáneamente a que se informaba del escape de al menos de dos de los presuntos culpables, Bravo Contreras declaraba con aires de histrionismo: ¡Seremos implacables y en las próximas horas habrá resultados entorno a la investigación del caso “porkys”!
De que la Fiscalía es implacable no hay duda: lo han sido con Daphne y su familia, a quienes han ultrajado legal y moralmente, por citar un caso.
En cualquier sentido que venga la conclusión de las indagatorias, la Fiscalía ya perdió: la cuestionó la víctima y su familia, cientos de miles de ciudadanos en Veracruz y el mundo, decenas de ONG’s, medios de comunicación, redes sociales, la Iglesia Católica, etc.
A este ritmo, sólo nos queda confiar en la justicia divina y si no estamos mal, en “aquellos tiempos” prevalecía el: ojo por ojo, diente por diente.
O como le llaman los estudiosos (para que no se nos espanten los bien portados contrarios a las “campañas odio”): justicia retributiva. En fin, por algún lado se tiene que canalizar el enojo, ni modo de “tragárselo”.
Estos son los costos de la impunidad, es preciso dejar claro el origen de las cosas.
