
La Política Exterior y lo medios del exterior lo exteriorizaron en su real dimensión: no entiende que no entiende
El precio de tomar decisiones con base en el voluntarismo se paga y suele ser caro, lo más grave es cuando el que está a cargo, no asume las responsabilidades en forma directa, sino que las transfiere, en este caso, a una nación completa.
En efecto, cuesta trabajo imaginar que el presidente Peña Nieto pudiera dejar en manos de un amigo suyo la administración de sus bienes, ni que fuera maje, por el contrario, buscaría que fuesen expertos los encargados de manejar su patrimonio.
Sin embargo, el señor Peña si es capaz de poner el manejo de la Política Exterior en gente inexperta, cumpliendo con la perversa máxima del gabinete de “cuates y cuotas”, es decir, se invita como funcionarios a los compadres y a los recomendados, no los mejores. Para el tema que abordamos, dos casos lo ejemplifican.
Cuando ocurrieron los trágicos sucesos de Iguala en septiembre de 2014, entre los cuales desaparecieron 43 estudiantes de la Normal de Ayotzinapa, ante sus omisiones, el gobierno de México solicitó la asistencia técnica de la CIDH a finales de octubre del mismo año.
Es importante señalar que antes de la petición de la administración peñista, solo había el precedente de dos casos en los que requirió dicha asistencia por un motivo sencillo: literalmente se acepta la intervención de un órgano multilateral en un proceso interno.
La lógica ramplona que llevó a tal decisión, consistió en que la Comisión Interamericana de Derechos Humanos legitimaría la investigación de la PGR, pero no contaban con que las conclusiones del Grupo de Interdisciplinario de Expertos Independientes, descalificarían la “verdad histórica” presentada por el entonces procurador Jesús Murillo Karam.
A partir de entonces, se dio una serie de desencuentros que prácticamente han llevado a una ruptura con la CIDH, lo cual no debió ocurrir si se hubiesen analizado con inteligencia los posibles escenarios. En cualquier sentido, el gobierno de México salió mal parado.
El otro caso tiene que ver con la postulación de Miguel Basáñez como embajador en los Estados Unidos, la relación internacional, con mucho, más importante del país.
Connotado académico, Basáñez llegó al cargo con cero experiencia diplomática, pero con una añeja amistad con el Tlatoani. Los resultados están a la vista, duró siete meses en el cargo ¿se pueden imaginar la lluvia de críticas negativas en México y EU por tal desatino?
Lo anterior, sin subrayar que la Cancillería necesitó que el vicepresidente estadounidense Joe Biden, viniera a pedir disculpas por los comentarios xenófobos de Donald Trump, para “entender” que debían desplegar una estrategia mediática contra el magnate inmobiliario.
Qué tiempos aquellos en los que la diplomacia mexicana logró momentos de excelsitud. Como dice el maestro Francisco Rodríguez: creyeron que era como gobernar Toluca.
Javier Roldán Dávila Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.
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