El arte de amar; una interpretación

2°parte

Hemos dicho que el amor es fruto del aprendizaje, del cuidado, la responsabilidad, el respeto y el conocimiento del Otro, que es un conocer-se, ver-se, pues quien comprende ama, el amor es una señal de madurez, es capacidad de salir de sí mismo, de dejar de concentrarnos en el “yo”, es abandono del egocentrismo, es capacidad de soltar el punto de vista propio a la luz de la evidencia, es abandono del conservadurismo, es cambio, transformación, despliegue de la personalidad en el sentido productivo, altruismo, habilidad de entregarse a los demás, de lograr la amistad significativa, a condición de preservar la propia integridad, pues hay conciencia del valor personal, de la propia singularidad, la de la otra persona y espacio, tiempo, acuerdo, para la vida en comunión.

El amor tiene como condición de posibilidad al amor propio, se expresa en amor erótico, fraternal, en amor filial, amor a la descendencia, es expresión de la autoridad que da la experiencia para acompañar, guiar, es ponerse al servicio del crecimiento del Otro, es impulsar su autoexpresión, la individualidad, es comprender que las personas maduran cuando se les impulsa a ser ellas mismas, a desplegar la capacidad de aceptar retos y responsabilidades, es rechazo a la sobreprotección, particularmente motivada por el deseo no consciente, de satisfacer las propias carencias, por más que nos demos razones para justificar nuestra conducta como un proceso racionalizador, pues se puede -aunque no intencionalmente- estar en vía de sofocar la individualidad y la autonomía del Otro.

Todos los seres humanos, en alguna forma estamos atravesados, marcados por las personas que nos han amado o se han negado a amarnos, con efectos para impulsar la dinámica de la personalidad o para obstaculizarla en alguna medida. Las afecciones emocionales son obstáculos para el desarrollo de nuestra capacidad de amar, las personas que sufren un dolor físico agudo o el dolor del alma, difícilmente salen de sí, pudieran estar viviendo concentrados en sí mismos, tal vez como consecuencia del temor irracional o la ansiedad, incluso en formas condensadas de fobias -temor a un objeto conocido pero irreal-. Desafortunadamente se busca ayuda para curar el dolor físico, pero no el del alma, posiblemente por desorientación, inconsistencia en el acompañamiento o en un probable círculo vicioso por un limitado amor propio.

Expresión de este dolor son las culpas, una incómoda piedra en el zapato, que nos impide caminar libremente en la senda del amor, se pueden vivir como autoflagelación, como un castigo permanente, como fuego eterno, un castigo irracional tan exagerado como comúnmente injustificado, pues su origen, por lo general, se puede descubrir a una edad emocional inmadura, cuando sería imposible la verdadera culpa y sin embargo se vive como pensamiento pecaminoso, como incapacidad de amarse, de perdonarse y por tanto incapacidad de abstenerse de actuar, como peón del veneno, de lanzador de la piedra; como disminución de la capacidad, para comprender, para perdonar de manera auténtica.

Sabines lo dice con su poesía “los amorosos buscan, los amorosos (...) son los que cambian, los que olvidan”, diríamos, los que practican el perdón, “los amorosos son los locos, sólo locos, sin Dios y sin diablo”, no tienen Dios, porque creen en el amor, son amor, saben que Dios ES AMOR, es imposible amar a Dios a quien no vemos y no amar aquellos que nos rodean y a los cuales sí vemos -nos dice San Juan-, los amorosos no tienen diablos, no lastiman, no humillan, no tienen esa necesidad, se saben valiosos. Los que aman se comunican, acuerdan en lo posible las consecuencias de las conductas no deseadas, concertan las mejores razones encaminadas a sustentar el cuidado del amor común. No son dueños del Otro, ni de su voluntad, pues dicha conducta, al menos sembraría la inseguridad. Los amorosos cambian, abandonan, no avalan el castigo condicionante, creen en la libertad, o lo que es lo mismo, voluntad que se realiza, que se objetiva, que hace la propia historia, que cree en el amor como pensamiento y práctica.

Imagen: Tristán e Isolda — Rogelio de Egusquiza