Mi ciudad es un plato roto sobre un cerro, sus calles fueron trazadas siguiendo el desparramarse del agua después de los aguaceros, ese es su encanto; y su cruz.
En una de esas calles quebradas vivo yo desde hace más de cuatro décadas; cuando llegué tenía ocho años y mi calle era un arroyo terregoso delimitado por guarniciones de piedra; hoy en día sigue siendo lo mismo pero con vestigios de una cacala de chapapote que algún alcalde, allá por la década prodigiosa de los ochentas, le mandó a poner.
Apenas si está a cuatro o cinco cuadras del tercer perímetro del Centro Histórico, al cual demarca la avenida 20 de Noviembre, y, contrario a lo que se pueda pensar por lo que he dicho hasta ahora, está rodeada de calles bien pavimentadas y en buenas condiciones. Que la mía sea la única que no tiene piso Firme ni piso Fiel ni nada de piso ya, se debe a causas desconocidas que ya se perdieron en la oscuridad de los tiempos. El caso es que es el único lunar entre el “progreso” y la “modernidad”.
Los vecinos nos hemos organizado en un patronato desde el trienio perdido del alcalde que fue conocido como El joven gris —ninguno de los tres últimos, lo aclaro porque en cuestiones de grises ha habido, aunque usted no lo crea, unos más grises que otros—, sin embargo, nada hemos logrado; bueno sí, algo sí, acabarnos como diez pares de zapatos dando vueltas, o parados haciendo antesala.
En el trienio del joven de apellido corporativo nomás nos dieron largas —y unas camisetas del PRI para que fuéramos a apoyar no sé qué evento al que nadie quiso ir—; en el de la primera mujer alcaldesa, prototipo de la xalapeña hecha en el barrio, ni camisetas nos dieron, mucho menos esperanzas de que nos fueran a pavimentar los escasos 250 metros cuadrados que mide nuestro pedazo de ciudad, que aun siendo calle chica no deja de ser infierno grande, pues por ella pasan cientos de personas ya que es paso obligado de 700 alumnos, y de sus padres dos veces al día, de una primaria; así como de un montón —iba a poner un chingo pero se veía refeo— de empleados del Cobaev, del Cecan, de la Sadarpa y de quien sabe cuántas siglas corporativas más que tienen sus oficinas en los alrededores, y de decenas de corredores que, torciéndose las corvas por los hoyancos, la utilizan para llegar al cerro de Macuiltépec, lugar xalapeño por antonomasia para ir a hacer ejercicio y reventarse los pulmones de tanto aire puro.
¿Será acaso, que mi calle no esté pavimentada, un asunto de presupuesto?, pensará usted amable lector, y yo le contestaré, lacónico: no. Si dinero sí hay, nomás que mal empleado.
Pongamos por caso el trienio del joven Chedraui, sucesor al trono corporativo en tercer grado —de primaria, porque no se le nota lo estudiado por ningún lado—, y que hoy despacha como diputado. Durante su mandato se remodeló la avenida Ávila Camacho, a la cual le arreglaron las jardineras y le pusieron plantitas, eso sí, respetando las entradotas de los locales y negocios para que hoy en día sirvan como estacionamientos para autos y camionetas de clientes y vecinos; con la veinteava parte de lo que se gastaron inútilmente ahí se hubiera pavimentado mi calle. Continuemos con lo que pasó en el trienio del cual acabamos de sobrevivir; en él se hicieron obras “importantísimas” como un puente horrendo en Los lagos, unos murales espantosos en el viaducto del centro y una viborota horrible en el parque Juárez; con un poquito que le hubiera pellizcado la señora alcaldesa a sus proyectos “embellecedores” se le hubiera hecho justicia a mi calle. Digo yo, o con una cacherita de los dos millones que costó pintar los pasos peatonales del centro, o de los 46 que se gastaron en publicidad, o de los… olvídelo, el hubiera no existe. Palo dado ni Dios lo quita.
Hoy, con este joven y animoso alcalde, nuestro peregrinar apenas va a empezar y a ver cómo nos va. Aunque si me lo pregunta lo veo difícil, porque el novel alcalde ya se ha estado curando en salud, pues van como tres veces que leo en los periódicos que hay más de trescientas solicitudes de obras y, como dice la canción, no hay cama —en este caso cemento— pa’ tanta gente. Así que si un día usted pasa por mi calle y la ve toda destruida y dada al carajo, no piense que los que ahí vivimos somos indolentes o no hacemos nada por arreglarla, mejor piense que, como los judíos en el desierto, hemos caminado ya muchos años en busca de la tierra, en este caso la mezcla asfáltica, prometida, pero eso sí, con mucha fe en nuestros gobiernos postrevolucionarios.
Alejandro Hernández y Hernández
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