Mi ciudad está tan llena de autos que sería el lugar ideal para desarrollar una película o una novela de ciencia ficción —al estilo de Isaac Asimov—, en donde los protagonistas, en lugar de robots fueran, precisamente, los automóviles.
Y es que estos aparatos, que se inventaron y desarrollaron para que el hombre moderno se trasladara de un lugar a otro con comodidad y pudiera, a su vez, transportar mercancías y satisfactores que le hicieran desarrollar una mejor calidad de vida, ahora parecen haberse adueñado de los espacios vitales, no sólo en nuestra ciudad, sino en todas las del mundo.
Sin saber cómo, los núcleos urbanos se han ido transformando en base a lo que estos aparatos necesitan. Es decir: se trazan calles y avenidas pensando en que puedan circular con rapidez y sin obstáculos. Nunca en la gente que tiene que caminar por ellas.
Se hacen obras de infraestructura costosísima: puentes, viaductos, pasos a desnivel y hasta calles de dos pisos comprometiendo el espacio urbano, el medio ambiente y la salud de las personas.
Se gasta mucho dinero para desarrollar autos tecnológicamente muy evolucionados y sofisticados. Tal vez más de lo que se gasta en desarrollar una vacuna o en la aplicación de la medicina preventiva, en los países de economías emergentes.
Se promueve una cultura del automóvil que incluye museos, exhibiciones, competencias, colecciones y hasta formas contraculturales en base a él. Se sataniza y combaten prácticas como el tabaquismo y otras adicciones arguyendo las muertes que causan, pero se alienta la construcción de autos cada vez más veloces y nunca se evidencian los muertos en accidentes automovilísticos, que en el siglo XX sumaron casi treinta millones (sólo diez menos que en la Segunda Guerra Mundial).
Se crea una jerarquización en base a la posesión de uno o varios automóviles, siendo mejor aceptado y con un estatus social más alto, quien posea el más nuevo, el más caro o el más rápido de ellos. Y se promueve, mediante costosas campañas publicitarias, una falsa imagen social en donde el poseedor de determinado auto tendrá también: poder, dinero, atracción para el sexo opuesto, rango social y hasta alcanzará ciertas condiciones subjetivas como belleza, juventud, cultura y salud.
Nuestra ciudad, por supuesto, no se escapa a todo esto pues como en tierra fértil, todas las falsas acepciones que un automóvil tiene —alejadas, además, del simple hecho de transportarse de un lado a otro— germinan en nuestra sociedad, logrando que Xalapa exhiba en las estadísticas nacionales, la mayor densidad de automóviles por metro cuadrado de todo el país. Con todo los problemas que ello conlleva, pues es la nuestra la ciudad con más contaminación en el aire de todo el estado; por encima de ciudades industrializadas como Minatitlán y Coatzacoalcos, por ejemplo. Así mismo, los problemas de circulación vial son de grado superlativo, los de estacionamiento casi insalvables y ambos, son detonantes de graves problemas emocionales para los que aquí vivimos.
Hoy entonces, más que beneficiarios de un invento, parecemos víctimas de él (como en el libro “Yo robot”); pues además de ceder nuestro espacio para su libre —si por libre se entiende estar horas atrapado en el tráfico— circulación; estamos acabando con nuestros recursos naturales y llenado nuestro mundo con millones de toneladas de chatarra.
Alejandro Hernández y Hernández
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