La Revolución Mexicana

La Revolución Mexicana

 

Mi ciudad, anfitriona de cientos de atletas centroamericanos en estos días, verá esta semana suceder otro aniversario de la Revolución Mexicana. Quizá habrá desfiles, quizá no, pues los modos de conmemorarla han cambiado mucho últimamente. Aunque, con permiso de ustedes, yo sí me permitiré hacer algunas acotaciones al respecto.

El movimiento armado que se conoce como Revolución Mexicana fue un suceso —o una serie de ellos— sui géneris por dónde quiera que se le mire. Fue la primera revolución del siglo XX, la primera que pugnó por la igualdad de las clases sociales y la primera que, a pesar de considerarse un movimiento con los mismos ideales, tuvo muchos líderes, un enemigo común al principio y, al final, los que pelearon del mismo bando acabaron traicionándose y matándose entre ellos.

Fue Francisco I. Madero a quien la historia oficial designó como el iniciador de la revuelta y el que le pone fecha al principio de la Revolución. Madero proclamó el 20 de noviembre como el inicio de las hostilidades en contra del régimen de Porfirio Díaz, en el Artículo 7 del Plan de San Luis, después de las elecciones presidenciales de 1910 —que por cierto, volvió a ganar Díaz— con estas palabras: “El 20 de noviembre, desde las seis de la tarde en adelante, todos los ciudadanos de la República tomarán las armas para arrojar del poder a las autoridades que actualmente nos gobiernan”. Cosas curiosas pasaron en esos días: el Plan de San Luis no fue proclamado en San Luis —como correspondería a su nombre—, sino en Texas, Estados Unidos, pues Madero andaba de pelada y se seguía en su contra un proceso por los delitos de ultrajes a la autoridad y de intento de rebeldía; el día 20 de noviembre ni a las seis de la tarde ni después sucedió nada. Es más, un grupo de 60 “pelaos”, al mando de Toribio Ortega se levantó en armas en Cuchillo Parado, Chihuahua, desde el día 14 y nadie les ha dado el crédito que se merecen por eso. El día 19 los hermanos Serdán, en la ciudad de Puebla, conspiraban; les cayó la policía y mataron al jefe de los jenízaros poblanos, Miguel Cabrera. Armaron tal jaleo que el ejército tuvo que sitiar la casa en donde estaban y tomarla a sangre y fuego y tampoco nadie les acredita la paternidad del movimiento. Aunque el día 20 Francisco I. Madero sí cruzó la frontera pero fue regresado ipso facto, esto oficializó el Plan de San Luis y condenó, en ese día, a miles de escolares a desfilar cada año haciendo tablas gimnásticas y a elaborar pompones de papel china una noche antes.

Los ecos de la lucha de Madero, sin embargo, se escucharon en todo el país y hasta los Estados Unidos desplegaron un ejército de 20 mil efectivos en su frontera y unos cuantos buques de guerra en el Golfo de México, por cualquier eventualidad. No se sabe con claridad si para proteger sus intereses o para permitir que los rebeldes armaran camorra en México y acudieran a refugiarse en territorio norteamericano cuando los pusieran con pies en polvorosa, pues tanto Madero como los de la Confederación de Grupos del Ejército Liberal, guerrilleros del Partido Liberal Mexicano, entraban y salían con singular facilidad, y hasta organismos como la Junta Organizadora del Partido Liberal Mexicano operaban desde Los Ángeles California.

Días después varios jefes rebeldes se lanzaron a la insurrección: Emiliano Zapata, Ambrosio y Rómulo Figueroa y Manuel Asúnsulo, en el Estado de Morelos; Salvador Escalante y Ramón Romero, en Michoacán y Jalisco; Gabriel Hernández en el Estado de Hidalgo y Pascual Orozco en Chihuahua, entre otros. En Chihuahua las acciones de Abraham González Casavantes fueron determinantes durante los primeros días del movimiento; después surgirían nombres como Francisco Villa, Bernardo Reyes, Félix Díaz, Manuel Mondragón, Pino Suárez, Venustiano Carranza, Álvaro Obregón, etcétera; cada uno de ellos con una idea diferente de lo que el país necesitaba y cada cual con un método propio para conseguirlo que no concordaba con el de los otros. Al final unos y otros se dieron hasta con la cubeta.

La Revolución Mexicana terminó, oficialmente, en 1917 con la toma de posesión como presidente de Venustiano Carranza, pero las revueltas, los cuartelazos, las traiciones, las alianzas, los juicios sumarios y los asesinatos de caudillos y dirigentes, no se apaciguaron hasta bien entrada la década de los treinta. Esto nos remite a una última curiosidad: la mayoría de los revolucionarios nunca vieron en qué terminó el borlote que armaron.

Hoy, la Constitución que emanó de ella ha sido manoseada por tirios y troyanos, está llena de parches y por más que se le busque ya le está quedando chica al contexto nacional y a su devenir dentro de las circunstancias mundiales; por tanto la pregunta obligada es: ¿No será que ya llegó el tiempo de jubilar a la Revolución Mexicana y, pacífica e inteligentemente, volver a construir —pero ahora sí todos de acuerdo— un nuevo y moderno orden nacional?    

Alejandro Hernández y Hernández

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