
Llegaron y pensaron, ilusos, que por ser la “Atenas Veracruzana”, encontrarían un émulo de Virgilio que los guiara por el infierno
En la anterior entrega dijimos que las cosas en la capital del estado no marchan nada bien, a pesar de los cuantiosos recursos gastados en propaganda por el alcalde Américo Zúñiga.
En este caso en específico, nos queremos referir a la cada vez más significativa presencia de trabajadores migratorios centroamericanos, que en su tránsito hacia los Estado Unidos, se quedan anclados en Xalapa, cuestión de reciente incursión en la vida citadina.
De entrada, queremos precisar que no se trata un lamento y/o agresión xenófoba, nada que ver, lo que importar es destacar la falta de políticas pública basadas, irrestrictamente, en los Derechos Humanos, que aborden el problema con seriedad.
De un tiempo a la fecha, en los semáforos de las principales avenidas de la ciudad es común constatar la presencia de ciudadanos centroamericanos, que con una identificación en mano, abordan a los automovilistas para solicitarles una moneda para comprar comida.
Cabe destacar que el asuntó inició en la periferia, en el boulevard Lázaro Cárdenas, que para hechos prácticos, es la ruta que enlaza al puerto de Veracruz con el DF.
Sin embargo, estos adultos jóvenes se adentraron hacia las zonas céntricas.
Aquí la cuestión es que ni las autoridades municipales, ni las estatales, ni las federales a través de la delegación del INM, han hecho algo al respecto, en los tres niveles la respuesta es “ignorar” el tema.
Cuando “La Bestia” estaba en su apogeo, los migrantes rozaban la entidad, pasando por Tierra Blanca y la región Córdoba-Orizaba, dónde están “Las Patronas”, de camino hacia la zona DF-EDOMEX y luego a SLP y Nuevo León, o sea, Veracruz no era su destino.
Pero la ecuación está cambiando porque ya empiezan a congregarse en otras manchas urbanas, puede ser por la extorsión del crimen organizado en las rutas tradicionales, por los mayores controles migratorios o por lo que gusten, el caso es que están aquí.
La solución no radica en subirlos a un autobús y regresarlos a su país, tampoco en encerrarlos en la cárcel. Se deben estudiar las respuestas que han dado otras ciudades del mundo a este fenómeno (sin hacer viajes faraónicos) y encontrar mecanismos civilizados para atender la contingencia. No todo puede quedar en manos de la caridad pública.
Insistimos, donde antes había niños y mujeres indígenas ahora están los ciudadanos migrantes. Algo se está moviendo en el tejido urbano, voltear la mirada no es la respuesta.
Esperemos, que no por tratarse de la “Atenas Veracruzanas”, un Donald Trump “región IV” proponga construir un laberinto en donde ocultar a los migrantes, como se hizo con el Minotauro de la mitología griega, que era impresentable para sus contemporáneos, por ser producto del deseo zoofílico que Pasífae sentía por el Toro de Creta.
En este caso, los migrantes son producto de algo peor que la zoofilia: son hijos de la desigualdad económica, de la explotación, son los ciudadanos no deseados del mundo.
Javier Roldán Dávila Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.
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