“El perro es parte del hombre.”
Albert Brahm
Mi ciudad es el paraíso de las mascotas, todo mundo tiene una aunque a veces ni siquiera la cuide como se debe. Entre las más comunes están los perros; en toda casa xalapeña que se precie hay uno, aunque sea en la azotea.
En mis largas meditaciones para entender la sociología que nos rige he encontrado que nada se parece más aun matrimonio, o a una relación de pareja, que la relación perro-amo. Para cada media naranja hay otra que coincide con sus bordes exactamente, para cada roto hay un descocido, para cada persona hay un perro; Dios los hace y ellos, a veces, se juntan.Un hombre y una mujer no se escogen unilateralmente, es decir, uno no escoge al otro sino ambos se escogen; cuando no se hace bien es como cuando uno compra un perro en una vitrina: esa relación probablemente fracasará. En cambio si uno escoge al perro de una camada hay una selección mutua, una especie de enamoramiento de parte de ambos, el cachorro y el humano se descubren, congenian y el flechazo se da. Si no se da tendremos una mala relación, igual que en los matrimonios.
Si uno es observador puede descubrir cuáles matrimonios son bien avenidos y cuáles no lo son, casi del mismo modo en que uno puede descubrir una mala convivencia entre un hombre, o mujer, y su perro. Unos y/con otros, para empezar, se deben parecer. Por eso hay tantas razas de perros, tantas formas de ser: para tener de dónde escoger. Lo malo es que existen muchos que escogen mal.
¿Nunca han visto a alguien con tipo de bibliotecario paseando a un Labrador retriever? Esa imagen es la imagen de la contradicción; tanto como lo es la de un sesentón y una veinteañera en una discoteca (antro le dicen ahora); la de una rubia tipo Hollywood con el mismo bibliotecario del labrador; o la de un fisicoculturista con un french poodle. ¿Ya me van entendiendo? La cosa no es el “quién” sino el “cómo es el quién”. Las parejas de amor, y las de perros y amos, se deben parecer. No se trata de buscarse su igual exacto, sino un par parecido, como los calcetines viejos, que de usados se vuelven cómodos y un tanto desiguales pero nunca dejan de ser par.
Un perro de cacería necesita un dueño cazador, un cazador necesita un perro de cacería. La cosa no es tan difícil de entender, aunque sí complicada de llevar a cabo. Un chihuahueño es un perro que está de moda, tanto como está de moda tener “frees” (relaciones sin compromiso). En ambos casos la convivencia no puede funcionar mas que en uno sólo de sus aspectos y, tarde o temprano, terminará. El chihuahueño se va cansar de andar todo el tiempo en brazos (qué perra vida para un perro), y los “amigos con derechos” de un momento a otro van a empezar a cansarse de los puros abrazos y van a querer otra cosa. Quizá amor, quizá convivencia, quizá matrimonio.
Perro y amo deben tener metas comunes, un matrimonio o pareja, también. Jugar a ir por la pelota sin tener quién la aviente es aburrido y poco motivacional; pasear solo por la calle (como perro sin dueño) es algo triste. Comer solo, no tener con quién hablar, no compartir proyectos y no pensar en un futuro compartido, es igual de frustrante que un perro que vive en una azotea y se entretiene, si acaso, ladrándole a los que pasan por la calle.
Espero que hayan entendido esto de los amores perros y que comprendan que una analogía no es una comparación aunque se parezcan mucho.
Amar sin ser amado es como tener un perro amarrado (salió el verso sin esfuerzo). Escoger un perro nomás por estar a la moda es como casarse por no quedarse (¡Otra vez el verso!) Las razas y los tamaños de los perros son como los abrazos y los besos en las relaciones, hay de todos los sabores y con diversas intenciones (¡Bueno! ¿Qué traigo hoy con las rimas?). El chiste en uno y otro caso es escoger con madurez y sinceridad. En ambos las dos partes involucradas deben ser, en la medida de lo posible, felices. Y en ambos casos, también, para no equivocarse y no mortificarse si uno fracasa, existe una sencilla solución: comprarse una tortuga y mirarla crecer.
Alejandro Hernández y Hernández
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