En nuestro país –y me avergüenza mucho tener que escribir esto–, sobre la primera cae un velo de irrespetuosa burla, sobre la segunda una desposesión casi absoluta y, sobre la tercera recae una gran falta de imaginación para encauzarla.
Hace unas semanas –aunque se supo hasta después de la captura de El Chapo–, el actor estadounidense Sean Penn escribió para la revista Rolling Stone (una revista que, vale la pena decirlo, privilegia el espectáculo por encima del valor informativo de sus notas), una crónica personal en la que narra, –con muy leves destellos de valor informativo–, su incursión en la sierra sinaloense para entrevistarse con Guzmán Loera, a fin de acordar el envío de una serie de preguntas (35, para ser precisos) que le contestaría posteriormente.
Sean Penn no es un periodista es un actor y, como era de esperarse, el valor de su crónica (sin dejar de ser información –y hasta noticia–), radica en entretener. Vista como tal, no es una información que interesaría al tipo de periodismo que privilegia el valor de la noticia. Esto dicho, pues se ha generado un falso debate –por cierto, favoreciendo aún más la superficialidad del asunto–, sobre si la nota de Penn es periodística o no.
Para tener una idea más clara, la información que interesa al periodismo debe ser novedosa, sea porque el acontecimiento es nuevo o porque el enfoque de algún tema conocido es distinto y nuevo; oportuna, pertinente en el tiempo y en el espacio; de interés general, por cuanto el acontecimiento interesa a un gran público; y difundida masivamente, es decir, a través de un medio de comunicación masiva. Ello permite informar y mantener actualizado al público y proveerlo de elementos que le permitan ejercer su derecho a opinar.
Con estos elementos, esta disciplina se conforma como el cuarto poder en los términos en los que el autor de esta expresión, Edmund Burke, aludía a la prensa británica y la gran influencia que tenía en los años previos a la Revolución Francesa, de la cual él se hizo partidario más tarde.
Burke decía que la prensa era ya un poder independiente a los otros tres (Ejecutivo, Legislativo y Judicial), porque no se limitaba a reflejar la opinión pública en la que toda democracia debe estar fundamentada, sino que, al valorar por sí misma (y acomodar en ese orden de valoración en los diarios) cuál es la información más importante que el público debe leer y además opinar sobre esta información, estaba influyendo en forma determinante en el pensamiento y decisión de la población lectora (que creció sustancialmente debido justamente a los diarios y gacetas).
Ahora bien, directamente proporcional a esta idea de Burke, está el valor de la credibilidad. De acuerdo con el libro “Los elementos del periodismo”, escrito desde 1997 por Bill Kovach y Tom Rosenstiel, son nueve los fundamentos que un periodista debe tener con el objeto de cumplir bien con su deber y proveer a la gente con la información necesaria para ejercer su libre albedrío. Estos elementos son: 1) La primera obligación del periodismo es con la verdad; 2) Su lealtad debe ser con la ciudadanía; 3) Su esencia es la disciplina por verificar; 4) Quienes lo ejercen deben mantenerse independientes de quienes cubren; 5) Debe servir como un monitor independiente del poder; 6) Debe servir como foro para la crítica pública y comprometerse; 7) Debe esforzarse para hacer de lo importante algo interesante y relevante; 8) Debe mantener las noticias completas y proporcionales; y 9) Quienes lo ejercen, deben permitir el ejercicio de su conciencia personal.
Una de las citas más memorables de Benjamin Franklin es aquella que dice que las tres cosas más difíciles de la vida son: guardar un secreto, perdonar un agravio y aprovechar el tiempo.
Si a Penn lo “favorecieron” (entrecomillado por el valor que cada quien le quiera dar al asunto), con la posibilidad de tener un acercamiento personal con uno de los delincuentes más buscados del mundo y consiguió las exiguas respuestas que tuvo a sus preguntas, su divulgación –me parece¬–, se debe más a cubrir una cuota de egocentrismo que a brindarle al público de Rolling Stone un punto de debate (como él mismo señala que era su objetivo), sobre el narcotráfico.
De entrada, no supo aprovechar el tiempo ni guardarlo como secreto. De lo otro, él sabrá. Lo que dejó claro es que, como periodista, no resultó ser buen actor.
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Nos leemos la próxima semana.
