El Águila y La Serpiente
Nietzsche, completo irracionalista que creía que el hombre fundamental subordinaba la razón a la voluntad, instinto o sentimiento, plasmó en La Gaya Ciencia al ser humano como una entidad que podría soportar más fácilmente la inconsciencia que la mala reputación, y si la interpretación que de los símbolos describe en una de sus obras más famosas fuera la acertada (no veo otra opción), en México el orgullo viviría matando a la inteligencia*, lo cual ya es de por sí elocuente sobre lo que nos dice del inconsciente colectivo.
Más allá de los actores (que en este caso son lo de menos), los que quedamos a merced de no tener otro remedio que ser espectadores de eventualidades le damos preferencia a la conjetura que al análisis; al prejuicio que nos dan nuestras propias filias y fobias que al opinar siguiendo nuestra propia conciencia independientemente de la acción o del actor; le damos prioridad al debate baladí de un tema (que generalmente está de moda) y olvidamos el fondo y la sustancia –o con el ánimo de sobresalir, creamos ese fondo y sustancia con más especulaciones y sofismas–, quedando atrapados normalmente a dos fuegos sin que cualquiera de los que tira, sepa exactamente por qué lo hace.
En semanas recientes, decía, vimos cómo asuntos como el de Jorge Ramos y Donald Trump, así como el de López Dóriga con María Asunción Aramburuzavala, (por citar un par de ejemplos), se hicieron famosos más por el escarnio que en redes sociales hicieron tanto los admiradores como los detractores de ambos lados, que por haber descubierto (por decir lo menos), las trampas de la libertad de expresión o los ilícitos en que se incurre por ganar unos millones de pesos más.
No está mal que cada quien haga públicas sus filias y fobias –cada quien tiene el derecho a expresar lo que siente y hacerlo sin el menor esbozo de censura–, pero es sano que ahí no quede. Todo elogio y denuesto deberían ir acompañados de muchos tratamientos no superficiales del asunto. De lo contrario sólo seremos capaces de quedarnos en una especie de “etapa anal” del razonamiento.
Curiosamente, el crecimiento del rating es inversamente proporcional al de la objetividad. Vende más el enfrentamiento que deviene en exhibición, que los motivos y contexto de ese hecho que se vuelve espectáculo. Esa “etapa anal” del razonamiento es la masificación de lo superfluo.
Y todo eso, justamente por su calidad de “masivo”, paradójicamente nulifica cualquier esfuerzo individual de aportación. Y el hombre-masa –como lo describe Ortega y Gasset–, cree que sólo tiene derechos sin creer que tiene obligaciones. Y ahí coincido completamente con el madrileño en que una sociedad no se construye por acuerdo de las voluntades sino precisamente al revés: es el acuerdo de voluntades el que presupone la existencia de una sociedad; acuerdo que precisa la forma en que esa sociedad va a convivir, el tipo de gobierno que tendrá y la manera de que pueda haber una oposición al mismo. Cuando Ortega y Gasset escribió en 1929 “La Rebelión de las Masas”, el mundo no estaba hiper comunicado como lo está ahora. España sufría el fracaso de la dictadura en la que tanto se empeñaron Primo de Ribera y Alfonso XIII, fracaso que devendría dos años después en la II República.
Los temas eran los mismos, la forma de actuar de la sociedad era diferente. No estoy incitando a otra revolución que no sea la del involucramiento del individuo en las decisiones de su gobierno y con ello ganarse su respeto, dejando de lado el limitarse a criticar sólo porque está de moda hacerlo y con ello seguir masificando(se) y banalizando(se). Hablo de buscar la mejor manera de formarse un criterio propio y actuar en consecuencia. Cuestionarlo todo, de todos, es un buen principio.
Cierto, los medios han contribuido eficaz y eficientemente a que la frivolidad impere y a que la conciencia se masifique, pero todo en esta vida es corresponsabilidad: La sociedad que culpa a los medios por lo que no sabe resolver como sociedad, tiene los medios, la oposición y el gobierno que se merece.
*”Dos animales simbólicos: el águila, que representa el orgullo, y la serpiente, la inteligencia”. Así Habló Zaratustra (Parte III). 1884.
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