El sabroso e infamante arte de chismear

El sabroso e infamante arte de chismear

 

Mi ciudad está llena de gente comunicativa, iba a decir chismosa pero no me consta, así que dejémoslo en comunicativa nomás. Pero, ¿por qué a la gente le encanta el chisme?, ¿cómo nace un chisme? ¿En qué momento una información, una plática insustancial o un dato, compartido en la confidencialidad de la amistad, se vuelve chisme? Las respuestas a esta pregunta se pierden en la oscuridad, ya no de los tiempos sino de la conciencia de cada uno de los que transformen cualquier oralidad de éstas, en una habladuría cualquiera. Para tratar de explicar este fenómeno hemos de remontarnos a la época de las cavernas. Ya estando situados en tiempo y espacio, hemos de imaginar una mujer prehistórica —no pre histérica, que aunque ya había será tema de otro artículo— esculcando raíces y bayas para condimentar una rabadilla de diplodocus (animal parecido a una lagartija pero como un tráiler de grande), mientras que a su lado otra cavernaria acomedida —de las que nunca faltan en cualquier hogar que se precie— le estaría ayudando. La conversación sostenida entre ambas sería algo más o menos como esto:

— ¿Ya supiste lo que le pasó a Robersauria, la de la cueva de arriba?
— No ¿Qué le pasó?
— Pues fíjate que su marido Caucásopitecus llegó temprano de la cacería y la encontró haciendo evolucionar a la raza humana, con un changuito que camina derechito derechito.
— No me digas, ¿y luego?
— Pues nada, que él la perdono a cambio de que si tenía un crio más bonito que los de las otras camadas, ella dijera que Caucásopitecus los hacía así de bellos… ¿Tú crees?
— ¿Y tú cómo sabes eso?
— Pues me lo contó el changuito ese que te platiqué y que ayer, de pura casualidad, pasó por aquí…
— Ah… qué casualidad.

Esto que imaginamos pudo ser una realidad, pues unos exploradores encontraron en unas cuevas en el norte de África unas pinturas rupestres que muestran claramente, en signos cuneiformes, una plática parecida. Los expertos concluyeron que la autora de la reseña es una monita chaparrita, pintada en el mismo mural dentro de una especie de ventana y con un claro gesto de hipocresía. Según exhaustivas pruebas, hechas en base a las medidas antropomórficas de la pintura, se ha podido identificar a esta changuita como el antepasado más lejano de Paty Chapoy.

Si bien es cierto que ante estas evidencias se entiende que las mujeres inventaron el chisme, cierto es también que los hombres han de haber inventado la difamación, pues si seguimos imaginado el curso de los acontecimientos de esta paleolítica historia loca, podríamos darnos cuenta de que el inocente Caucásopitecus, una vez enterada toda la tribu de su desgracia —debido a la recién descubierta capacidad de comunicación de las hembras Neandertales—, nunca más volvería a ser respetado por el clan y lo más seguro es que acabara sus días siendo conocido como el “triceratops” (este animal era un dinosaurio igual de grande que el diplodocus, nomás que con cuernos).

Volviendo ya a la época actual, resulta muy interesante este fenómeno del chisme (no hablo de Daniel Bisogno, sino del fenómeno como cuestión social), pues nunca se sabe cómo empieza uno, ni tampoco se sabe cómo acabará.

Es decir, una señora puede comentar con otra de una tercera — ¿Te acuerdas de Fulanita?, engordó dos kilos después de la dieta esa que hizo, ¿creerás?
Ella, ni tarda ni perezosa, le contará a otra mas: “la deberías de ver, está pasadísima”; ésta, a su vez, comunicará en el café a sus allegadas: Pero si está como una vaca… horrible. Las que la oyeron anunciarán, a quien puedan, que la susodicha está al borde del infarto, que los triglicéridos la tienen con un pie en la tumba, que el colesterol se le sale por los ojos y que ya hasta trabaja como modelo para los tinacos “Rotoplas”.

El chisme es algo que químicamente puro no existe en la naturaleza, pues según de lo que se le aderece es como se llamará. Es decir, un dato de alguien, soltado con un gesto ambiguo y en corrillos, dará pie a la murmuración. Lo mismo, pero dicho sin confirmar, será una calumnia. Platicado sabiendo que es una mentira se llamará difamación y, ya dicho con toda la mala leche del mundo esperando fregar al aludido, es una injuria.
Malo es ser chismoso, igual de malo es ser víctima de un chisme y sin embargo, una insana satisfacción parece apoderarse de uno cuando sabiendo algo de alguien va y lo cuenta alegremente. Siempre desde luego, uno se protege con el conjuro ese que dice “pero no se lo cuentes a nadie”. Siempre, también, esto sirve para maldita cosa.

Y ya para terminar les quisiera contar un chisme buenísimo, pero antes debo preguntarles algo ¿Saben guardar un secreto?... Yo también.
P.D. Dije, les quisiera contar, no que les contaría. Ustedes disculparán mi discreción.

Alejandro Hernández y Hernández
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