Mi ciudad celebra este 30 de abril el Día del Niño, celebración venida a menos por la manía de los maestros de primaria de poner Reggaetón en las kermeses que les organizan a sus alumnos. Aunque también hay que ponerse a pensar que ya los niños no son como antes. Ya no se duermen con cuentos de hadas, ahora prefieren las historias de zombis. El otro día estuve pensando en que si yo tuviera hijos los pobres se la iban a pasar muy mal, al menos en sus primeros años. Y no porque sea yo un mal hombre, sino porque a veces me paso de impaciente. Por lo mismo, sé que nunca podría sentarme a contar un cuento para hacer dormir a nadie que no sea un ministerio público —si lo duermo me le escapo—, mucho menos, para reproducir, con la ternura necesaria, cuentos como la Cenicienta o Los Tres Cochinitos.
Aunque, con los tiempos que corren, no sé si habrá aún niños que crean en esas historias. Lo más seguro es que cuando alguien les salga con eso de “Había una vez una princesa de caramelo que…”, ellos le interrumpan para decirle “¡A qué te lo adivino, murió de diabetes…!”
En esta era de realismo mágico en que vivimos —La Procuraduría diciendo que ya se va a acabar la inseguridad, el “Peje” diciendo que para el sexenio que entra sí le toca, el secretario de Hacienda diciendo que ya vamos saliendo de la crisis, etcétera— nadie, ni un niño, podría creer que Ricitos de Oro convivió con tres osos —a no ser que la tal Ricitos fuera sobrina de los Atayde—, ni que una princesa pudiera ser rescatada de una torre gracias a su larga cabellera o que un lobo se pudiera comer a una abuelita. Suena triste, lo sé, pero es que ya nadie traga a las abuelas, ya no están de moda.
Y sí, lo tengo claro —por si alguien ya estaba pensando que no—, que los cuentos infantiles son historias que tienen un simbolismo moral y pedagógico; sin embargo, por más que se lo he buscado al de la Caperucita Roja nomás no se lo encuentro, y créanme que le he dado vueltas. ¡Hombre!, el de Pedro y el lobo está facilísimo: no hay que ser chismosos para no perder la fe de la gente en uno; el de Pinocho: no hay que decir mentiras; el de Los Tres Cochinitos: hay que hacer las cosas bien, y así por el estilo; pero, ¿el de la Caperucita en dónde tiene el mensaje?
Ella no mintió, no se desvió del camino, obedeció a su mamá —con todo y lo inconsciente que ésta, por mandarla a atravesar sola el bosque, pareciera—; no rezongó por ir a llevarle comida a su abuelita y, si acaso, su mayor pecado fue su miopía —no se entiende de otro modo toda esa sonsera de “por qué tienes los ojos tan grandes… las orejas tan puntiagudas… los colmillos tan retorcidos…” etcétera—. El lobo es malo per se, el leñador mata al lobo por manía; no hay mensaje ni moraleja, tal vez que la abuelita, al ser regurgitada del estómago del lobo, debió haber descubierto el ‘peeling’ químico.
Por otro lado, siempre he pensado que si alguien quiere acabar con la inocencia de un infante, no tiene más que recurrir a los personajes de los cuentos infantiles; no hay nada más sádico que una madre diciéndole a su crío, de cinco años: “¡Anda, nomás que no te tomes la leche —no te duermas, no termines la tarea, no te tomes la medicina, no dejes de llorar, etcétera— le hablo al hombre del costal!” ¡Ya estuvo!, el niño crecerá desarrollando una fobia a toda figura humana que cargue un costal, Santa Claus incluido ¿Será por eso que los Reyes Magos tienen más clientes?
Y hablando de inocencia agredida, ¿qué tal que cuando el niño cumple tres años y la mamá concibe la genial idea de celebrarlo con una fiesta temática?
—Este año le contrataremos el Show de Botargas al niño —le dice ella a su marido—. El día de la fiesta llega; todo está padrísimo, el pastel quedó genial —sabrá a trapo, pero tiene la figura de uno de los Teletubbies—; los niños esperan ansiosos que sus personajes favoritos salgan a bailar —para como están los niños, ya no se sabe si
para aplaudirles o para ver quién es capaz de tirarlos al suelo, como le sucede a la vilipendiada botarga del Dr. Simi en tantos videos de You Tube—.
De repente, un Piolín de un metro setenta salta en medio de la concurrencia, el festejado, que nunca en su corta vida ha visto un canario, ni ningún pollo, ni ninguna otra ave que pese ochenta kilos, se esconde en el regazo de su madre —aquí es donde viene el trauma—; ella, con esa ternura de la que sólo una madre es capaz, le dice (hágase voz chillona para leer lo siguiente) —Pablito, no seas mariconcito, ven, es Piolín, vamos a tocarlo. —Y lo acerca al monigote de peluche amarillo—.
Cuando en su madurez el tal Pablito acuda a sus terapias semanales para vencer su fobia a los dibujos animados, le dirá a su psicólogo —Doctor, le juro que yo me dije, en el momento en que mi madre acercaba mi mano a Piolín, ¡si este monstruo es el canario, cuando el maldito gato que lo persigue salga nos va a tragar a todos!
Alejandro Hernández y Hernández
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