— A ver qué vas a hacer cuando me muera.
—Lo más seguro es que te enterremos.
— ¡Cállate respondón! Te vas a condenar
por hablarle así a tu madre.
Conversación, entre madre e hijo, en un autobús.
Mi ciudad, hace apenas dos o tres días, se unió a la celebración por antonomasia de los mexicanos: el Día de las Madres.
“Madre sólo hay una”, es una frase única que todos hemos usado para referirnos a ellas, sin embargo, las madres presumen de todo un repertorio de frases para dirigirse a nosotros, sus hijos amados. ¿Pero, cómo nace esta colección de expresiones maternales? He aquí mi teoría. Cuando los humanos primitivos descubrieron que bañarse con agua era, sino mejor sí más higiénico que lamerse unos a otros, las hembras con crías acuñaron una frase que ha sobrevivido a la evolución, al desarrollo de las diversas razas a los idiomas e incluso, al Diluvio Universal: “¡Lávate bien atrás de las orejas cuando te bañes!”.Esa frase sólo la hubiera podido decir una madre y ha perseguido a generaciones y generaciones de niños, que no ven útil lavarse un lugar que nadie mira y cuya omisión no se ha comprobado, sea causante de que una oreja se caiga; pero, según una madre, el no hacerlo traería consecuencias desastrosas en el largo plazo. Y en el corto también, porque niño que no lo haga niño que, en el mejor de los casos, tendrá que soportar la limpieza de esa zona con vigorosos tallones, dados con la orilla de una toalla mojada con un poco de saliva materna.
La intención de una madre para proferir veladas amenazas, creo yo, obedece no tanto a la preocupación de la higiene de los críos, sino más bien a la imposición de cierta disciplina para poder manejarlos.
Las primeras madres habrían descubierto que una posición de estatus les permitía manejar a su prole para conservarla a salvo de los peligros de la naturaleza.
— ¡Pleistocenitoooo, no te salgas de la cueva que te van a comer los dientes de sableeee!, gritarían las madres Neandertales a sus hijos, aun y cuando en su hábitat sólo hubiera tejones maiceros. Así, la mugre detrás de las orejas y el tigre dientón tendrían, a los ojos de sus hijos, la misma categoría de peligro. Éstos, gracias a ello, llegarían a la juventud —cuando ya pudieran valerse por sí mismos— sin huesos rotos, sin hongos en la piel y, de pasada, alucinando a la autora de sus días.
En el transcurrir de la historia a estas frases tan eficaces se les han agregado otras que, infaustamente, no han sido igual de afortunadas; son fácilmente identificables pues no hay alguien —a excepción de los huérfanos— que no las haya oído alguna vez en su vida.
El repaso de éstas, llamémoslas sentencias maternas, empieza con una que siempre expresan cuando los hijos aun no saben ni hablar: ¡¿Qué no te piensas dormir escuincle?! Si la clase social de la madre no le permite decir escuincle sustituirá este vocablo por mocoso, chamaco, niño o, si alguna se permite licencias orales muy floridas, cabrón.
A medida que el niño va creciendo las frases maternas se vuelven una serie de órdenes cortas y casi faltas de cariño: ¡tómate la mamila!, ¡no te subas ahí!, ¡te vas a partir tu… cabezota!, ¡a mí no me llores, te lo advertí!, ¡no te metas eso a la boca!, ¡pero si te acabo de cambiar!, etcétera.
Cambian en su contexto cuando el niño crece un poco, aunque no dejan de ser órdenes cortas y frías: ¡te me duermes y te me callas!, ¡levántate que se te hará tarde para la escuela!, ¡comete las verduras!, ¡te acabas la sopa o no hay postre! Y la muy mexicanísima: ¡déjese ahí chamaco cochino!
Después viene una etapa de negociación y chantajes, pues el niño requiere de explicaciones coherentes —o de coacciones efectivas— para hacer lo que se le pide o debe hacer. Esta etapa empieza como a los ocho años y no termina hasta que la madre muere; aunque no concluye si el que muere antes es el hijo, pues cuando una madre va a dejar flores a la tumba de uno de ellos siempre, antes de persignarse, dice: ¡si tan sólo me hubieras hecho caso no estarías ahí!
La lista de las frases clásicas es larguísima y cada uno tendrá su favorita, pero me permitiré poner algunas que siempre me han parecido geniales.
Para un hijo haciendo berrinche: “diosito no quiere a los niños berrinchudos”, “mira, ese señor se lleva a los niños que lloran” y, si el hijo no es tan niño: “te lo voy a comprar, pero ahí de ti si de ahora en adelante no me obedeces”.
Para un adolescente que reprobó: “¡para eso me mato trabajando!”, “pero si no tienes otro quehacer”, “¡te voy a mandar a vender chicles a una esquina!”, “¡tú me quieres ver muerta o con la cara torcida!”, “saliste igualito a tu padre”, entre otras.
Para una chica pidiendo permiso para salir con un muchacho: “¿y ya te presentó con sus padres?”, “tienes hasta las diez de la noche, ni un minuto más” o la infaltable: “pídele permiso a tu papá”.
Para un adolescente que no quiere ir con la tía Engracia: “claro, como el señor ya creció”, “como ahora te avergüenzas de tu familia”, “cuando te mantengas decidirás”, y así por el estilo.
Y como éstas un millón. Para cada situación una frase hecha, una sentencia sabida que, sin embargo, no se oye bien en nadie más que en una madre.
Aunque, si de ser justos se trata, no nos quedaría más remedio que agradecer éstas y todas las frases que, invariablemente, las madres nos dicen. Su única finalidad es hacernos mejores personas. Madre sólo hay una, frases dichas por ella hay “de a madres”.
Alejandro Hernández y Hernández
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