El monumento

El monumento

 

Los ojos de las estatuas lloran su inmortalidad.
Ramón Gómez De La Serna


Mi ciudad, Xalapa, es una típica capital provinciana que tiene un parque en medio de ella. Como casi todos los de las ciudades de México está dedicado a Don Benito Juárez. Cuando era niño me gustaba ir a jugar ahí. Después de correr, brincar y tirar piedras a las palomas, ya cansado y/o regañado por el policía del parque, un hombrón moreno, lampiño, gruñón y viejo, solía sentarme frente al “Benemérito”. Me gustaba llamarlo así porque el título me imponía respeto, casi como el catecismo.

Realmente el busto que mal representaba a Don Benito Juárez no me parecía agraciado, más bien lo catalogaba, en mi particular e infantil visión de las manifestaciones plásticas, un monigote bastante feo; demasiado parecido, según el “Cachuchas”, condiscípulo y fiel compañero de andanzas, al policía que nos correteaba cuando molestábamos a las palomas. Sin embargo, su mirada adusta, su frente fruncida por las preocupaciones propias del destino de la patria y su austero seño de indio oaxaqueño se aunaban a las enfáticas crónicas de mi maestro de cuarto grado, para forjarme, a final de cuentas, un heroico paladín que ahuyentaba franceses aprovechados y sometía curas inquisitoriales y abusivos.

Un pasaje de su biografía, aparte de la consabida frase, “Entre los individuos… etcétera…el respeto al derecho ajeno es la paz.”, me producía gran emoción. Éste era aquel en donde uno de sus colaboradores, Guillermo Prieto, con la sola fuerza de un discurso lleno de veracidad y patriotismo, le salva la vida a su presidente al arengar a unos soldados, con órdenes de matarlo, echándoles en cara: “¡Los valientes no asesinan!” Acto seguido los soldados salían avergonzados, y llorando algunos según el “profe” Vargas, por la puerta de atrás. Crecí, pues, sabiendo que Juárez fue el pro hombre que México siempre necesitó. Esto nomás hasta que llegué a la secundaria.

Porque ahí otro maestro, aspirante frustrado de los Legionarios de Cristo, me lo pintó como a un verdadero malandrín. Se llenaba la boca en decir que le quitó a los pobres eclesiásticos los bienes que humildemente ostentaban desde la época de la colonia y que, para peores penas, no se los había dado a los pobres sino que se los vendió a los ricos laicos, que eran los únicos que en aquel entonces tenían dinero para comprarlos.

No sin recelo le di toda la razón a su argumento de que la consabida frase del Benemérito, esa de “…el respeto al derecho ajeno… etcétera”, no era más que una verdad de Perogrullo, obra del sentido común, pues desde luego que el respeto a lo que no es de uno es la paz; condición más que probada con los merengues de Don Nabor, un tendero de mi barrio, pues más de una vez fui víctima de sus coscorrones al pillarme en franco saqueo de sus dulces arcas.

Decidí, desde entonces, dejar la admiración por estatuas sin argumentos sólidos. No volví, desde luego, a sentarme a admirar ni a Juárez ni a ningún otro prócer y mi contemplación por los monumentos se limitó a ser sólo de pasadita cuando alguna vez circulaba por donde hubiera uno. Sin embargo, hace unos meses mi interés por las estatuas se hizo presente una vez más pues descubrí, un sábado por la tarde y en pleno centro de la ciudad, una representación escultórica nueva. Era la de una mujer, de un blanco que no vi nunca en ningún mármol y que tenía una consistencia extraña, sus ropajes eran de un tiempo indefinible, sus rasgos eran serenos, sus manos expresivas, y sus ojos me miraban vivos.

Mi antiguo hábito volvió más fuerte y adictivo que nunca. Ahora no era el respeto el que me lo provocaba sino un sentimiento de contemplación, adicionado con algo que no podía definir pero que por alguna razón me hacía sentir más vivo. Un sábado con otro fui a sentarme en una banca frente a su pedestal. Había magia en ella, sus ropajes y su faz cambiaban de color y su pose nunca fue la misma en todos los meses que duró mi contemplación.

Con el paso de los días mi obsesión ha dado frutos. Mi estatua me habla, sonríe conmigo y cuando las últimas luces de la tarde se apagan, se desprende de su pedestal y me deja caminar a su lado… Se llama Sonia, estudia teatro y, como sucede en las plazas de Europa, entretiene a los transeúntes simulando la quietud de un monumento viviente en la avenida Enríquez. Es muy bonita y cuando recoge las monedas que la gente le  pone en su sombrero de dama antigua, les regala la buena fortuna escrita en un papelito blanco. La primera vez que me dio uno éste decía: “Tú, cuando me miras durante horas, pareces más estatua que yo: una estatua enamorada.”

Alejandro Hernández y Hernández
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