México, creo en ti,
porque si no creyera que eres mío
el propio corazón me lo gritara,
y te arrebataría con mis brazos
a todo intento de volverte ajeno,
¡sintiendo que a mí mismo me salvaba!
Ricardo López Méndez
Mi ciudad vio pasar este fin de semana los festejos por la independencia nacional más grises que se recuerden. Un centro histórico sitiado como en tiempos de guerra, un montón de ciudadanos acarreados con la promesa de una torta y un refresco y un clima horrible fueron los elementos que le dieron a nuestras fiestas patrias el toque más triste que yo recuerde. Y no ayudaron en nada las voces críticas que dicen que los mexicanos tenemos muy pocas cosas que celebrar, mismas que, sin embargo, no están tan erradas pues la tristeza y la desesperanza son sentimientos generalizados, una percepción colectiva que empaña tan importantes conmemoraciones y que no nos pinta un buen panorama.
Ciertamente no se puede celebrar la Independencia cuando seguimos atados de pies y manos y a merced de muchos intereses que no son los de la patria ni los de los mexicanos; mucho menos cuando después de tanto tiempo, la justicia social no ha llegado para todos y la brecha entre ricos y pobres sigue igual de ancha e igual, o peor, de infranqueable.
Esto, aun en contra de nuestra voluntad, nos hace creer cada vez menos en México; sin embargo, no habrá de ser con pesimismo y dudas como habremos de enfrentar los retos de la realidad en que vivimos. Hoy, cuando es tan difícil recitar los versos del credo mexicano y decir con convicción: “México, creo en ti” es, quizá, el momento de reflexionar, de hacer aún más y de decir: México, cree en mí.
La patria es un lugar, sí, pero también es el conjunto de personas que viven en ella y que no sólo deben pedir sino que también deben de dar. Es verdad también, eso nadie lo puede negar, que llevamos siglos dando y dando sin recibir casi nada a cambio, sin embargo, no podemos flaquear ni dar marcha atrás. Este es el momento decisivo de comprometerse, de responsabilizarnos de nuestras obligaciones para con la patria y de, por una vez al menos, entender nuestro papel trascendental en la historia del país. No se trata ahora de echarnos una piedra a la espalda o de empuñar una carabina 30-30, ni tampoco de aventar una espada —e ir a buscarla— por sobre las trincheras de los enemigos que tenemos enfrente: el miedo, la pereza, la tranza, la apatía, el valemadrismo y la drogadicción, pero sí de tener el valor y la convicción que tuvieron quienes antes hicieron estas proezas. Se trata de hacer lo que tenemos que hacer sin evasivas ni egoísmos.
Es este el momento de decir: ¡México, cree en mí! ¡Cree que puedo superar mi indolencia, cree que puedo vencer la pereza, el miedo a crecer, el temor a triunfar y que puedo ser un mexicano orgulloso de serlo! A pesar de los que roban, a pesar de los que matan y secuestran y extorsionan; a pesar de los que tranzan desde un cargo público, a pesar de los que creen que el país es un botín, a pesar de todos los que no creen en ti.
¡México, cree en mí! Porque yo, junto con los que no hemos perdido la fe, somos más que los demás y porque todavía no nos rendimos ni nos rendiremos.
¡México, cree en mí! Porque a doscientos años de la guerra que te erigió como una nación libre, y a cien de la que te convirtió en un país de igualdades y justicia, hay muchos que, con una verdadera convicción, todavía podemos exclamar emocionados: ¡México, creo en ti!
Alejandro Hernández y Hernández
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