Mi ciudad ha crecido tanto, tan desordenadamente y tan rápido, que la gente que ha llegado o que ha nacido en ella en los últimos veinte años, no ha sabido adaptarse al gentilicio de xalapeño, por tanto no cuenta con una identidad que le dé sentido de pertenencia al lugar en donde vive.
Le pondré un ejemplo. El otro día fui a buscar a una persona a una unidad habitacional, de esas nuevas que están surgiendo por el rumbo de Las Trancas como hongos después de la lluvia; no di con ella nunca.
La dirección que me dio, es cierto, estaba mal, pero el caso aquí fue que como era una unidad habitacional nueva, todos los que ahí viven llegaron al mismo tiempo y nadie se conoce entre ellos, así que aunque pregunté por el que iba buscando nadie me supo dar razón. Otra vez, hace años, mi padre me dio la encomienda de irle a buscar semilla de zacate para su rancho con un conocido que vivía en un pueblito cerca de Tlacotalpan; mi padre ya no recordaba bien cómo llegar pero me dio el nombre de la persona y el de su papá “pa’ no fallar”, con esos dos datos me fui a la aventura. Llegando al pueblo no hice más que preguntar por fulanito hijo de menganito y todo mundo me dijo dónde vivía. En el primer caso no tuve éxito porque en el fraccionamiento nuevo no se ha gestado aún el sentido de identidad colectiva, en el segundo caso, en el pueblito al que fui sí, porque el que no vio crecer al que buscaba convivió con su padre.
El hecho de saber quiénes somos, la historia del lugar en donde vivimos y quiénes son nuestros vecinos nos da una cohesión social y, eventualmente, si las condiciones son propicias, un orgullo por pertenecer a ese sitio y a esa comunidad. Para ello, por supuesto, habrá que haber compartido socialmente ciertos eventos, algunos hechos históricos o hasta anecdóticos, que hayan construido esa red que una a unos con otros.
En nuestra ciudad los asentamientos humanos crecen tan rápido que no hay tiempo de conocerse ni crear ese vínculo histórico y social, por tanto todos acaban viviendo rodeados de extraños y sin un apego verdadero al lugar al que han llegado. Sin ese apego y sin amor por el terruño no hay respeto para él, por tanto da igual cuidarlo o no, o cuidarse entre vecinos y trabajar en conjunto por el desarrollo de la comunidad.
Una sociedad desunida y sin valores en común es, entonces, presa fácil de delincuentes y sus núcleos poblacionales son territorio libre para vagos y malvivientes.
En colonias un poco más antiguas, como las que se encuentran en los alrededores del Palacio Legislativo, la gente fue llegando a ellas poco a poco, los más viejos saben cómo se trazaron sus calles, cuándo las pavimentaron y qué había antes ahí, los más jóvenes han aprendido la historia de su colonia de boca de sus padres y sus abuelos y eso les ha creado un vínculo muy fuerte con su barrio.
Y tomo como ejemplo ese sector de la ciudad porque la ola delincuencial que azota la ciudad ha querido sentar sus reales ahí, sin embargo, los vecinos se han organizado y mediante mecanismos meramente sociales (conocerse entre sí para identificar a extraños, mantener la comunicación entre ellos, etcétera) han formado una red de vecinos vigilantes que ha conseguido alejar a los rateros y malvivientes. Imaginen el orgullo de esa gente que, mediante la cohesión del tejido social, han podido protegerse y defender sus pertenencias comunitariamente. Si las cosas continúan así esas personas podrán organizarse, en un futuro, para mejorar otros aspectos de su barrio, como el cuidado de las áreas verdes, del alumbrado público, la recolección de basura, etcétera, por tanto su calidad de vida mejorará notablemente.
Lo que a Xalapa le hace falta es eso que han hecho en ese barrio: que la gente, xalapeños por nacimiento o por adopción, recuperemos el sentido de pertenencia y el orgullo por vivir en donde vivimos. He aquí una tarea en la que bien valdría la pena trabajar.
Alejandro Hernández y Hernández
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