Veranos lejanos

Veranos lejanos

 

Mi ciudad ha cambiado mucho desde que yo era un preadolescente, ha crecido inmisericordemente y se ha ido comiendo, en el camino, los pasos que recorrí en los veranos de mi despreocupada juventud primera.

Hoy en día ir de mi casa a la estación del tren, allá por donde termina la avenida Miguel Alemán, es un recorrido insulso que no toma más de diez minutos, cuando tenía once años era una aventura casi arqueológica. Había que llevar un morral vacío para llenarlo de nísperos, un frutillo agridulce y amarillo que pendía de cientos de árboles sembrados en los terrenos aledaños a la entonces estación nueva; la vieja estaba por el Deportivo Ferrocarrilero, allá por Los sauces. La estación nueva es ahora, irónicamente, una estación vieja en donde ya no hay personas agitando la mano para despedir a otras, ni novias ilusionadas esperando a alguien que les sonría antes de bajar al andén. Si los ánimos de los expedicionarios que lo acompañaban a uno estaban en lo alto desde ahí se podía ir caminando hasta encontrar el rio Sedeño y llegar al Salto del gato, una cascada transparente de agua helada que hoy nomás es pura mugre y churria con un montón de colonias populares alrededor.

Las vacaciones del verano en aquel entonces duraban dos meses y todos los días había cosas que hacer, todas ellas incitando al desfogue de esa energía nueva que llenaba mis brazos y piernas, y que creo que los adolescentes de ahora no sienten por estar sentados horas y horas frente a una televisión o una computadora. Se podía jugar futbol retando a los gandules del Barrio de la Luz, o volar papalotes que se perdían en cielos que se ponían a llover sin avisar. A veces iba por los rumbos del Seminario a pescar charales que no duraban cuatro días vivos en los botellones en que los ponía, o a veces iba con otros imberbes como yo a “torear” vacas recién paridas a los potreros cercanos; otras nos íbamos al cine Variedades a ver dos funciones por un boleto y a comer palomitas saladas. El camión pasaba lejos de mi barrio y había que caminar, caminar sin miedo por donde fuera, a veces por el centro y el parque Juárez, otras por las colonias pudientes de aquel entonces: la Cruz de la Misión, el fraccionamiento Veracruz o la colonia Magisterial, que eran lugares en donde la gente tenía auto y refrigerador.

Hubo veranos larguísimos en los que ir a rentar bicicletas a Los berros fue una opción poco viable porque como no había clases no había dinero fácil, a menos que fuera domingo; hubo otros, ya cuando las hormonas habían hecho lo suyo en mi enclenque cuerpo infantil, en que todo era hastío, todo menos los ojos marrones de mi vecina que salía a leer en su patio libros enormes que su padre, un profesor, le daba. Entonces el aire caliente soplaba brisas azules, el sol de la canícula se me hacía indiferente y mi perro se convertía en un cómplice eficaz para, paseándolo, hacerme el aparecido por donde ella estaba. Jamás nos dijimos otra cosa que no fuera un “hola” contenido, pero estoy seguro que ella estaba enamorada de mí, y de mil más, como yo lo estaba de otros mil pares de ojos marrón.

Veranos xalapeños que más bien eran primaveras trasnochadas, septiembres adelantados, como chicas en minifalda pero con medias. Veranos sin prisas, sin coches llenándolo todo, sin gente quejándose de todo, sin cambios climáticos, sin sicarios terribles viviendo entre nosotros, sin cáncer en la piel por el sol, porque asolearse entonces era sano y curaba la ictericia y a los bebés los ponía blanquitos. En aquellos veranos tomábamos agua de la llave, nadie se enfermaba de cáncer y comíamos pan sin engordar; había intermedios en los cines, en los que uno podía ver a quién se encontraba cuando prendían las luces, porque todos se conocían y convivían en esos lugares ricos y pobre por igual. En aquellos veranos eternos, que luego se fueron haciendo cada vez más cortos hasta no durar nada, como ahora, no había cursos de regularización, ni clases de karate o de música, no existían los Nintendos, ni los Xbox y mero ni una tele por casa —o por cuarto, como ahora—; había, eso sí, amigos entrañables que lo mismo compartían una naranja dulce que un plátano criollo si los había, que no le tenían asco a las ranas y que siempre llegaban seguidos de un perro sin raza.

Esos veranos xalapeños no se parecen en nada a estos que ahora se sufren con canículas resecas, con gente malhumorada dentro de sus coches y con tardes sin papalotes volando en el horizonte; si acaso soportables gracias a algún par de ojos marrón, que nunca falta que lo miren a uno y que alegran la vista y el alma.   

Alejandro Hernández y Hernández
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