
No pudo, no supo cómo llorar, ni porque las exequias eran en honor de su corazón
Continuando con esta temática de los sentimientos individuales y colectivos, haremos referencia a la solidaridad social, así como en la anterior reflexión cuestionábamos hasta dónde los políticos conocen lo que es la “felicidad”, en virtud de que suelen “ofrecerla” en sus discursos de campaña, es hora de que nos veamos a nosotros mismos.
La solidaridad es uno de los aspectos más destacados del amor, sobre todo cuando es militante, recibir ayuda en la tragedia climática es invaluable, contar con un hombro amigo en el dolor personal, es el inicio de la “cura” del espíritu.
No obstante, así como criticamos la frivolidad con que los políticos suelen “montarse” en conceptos del fuero íntimo y ofertar un “mundo feliz” como si de despensas se tratara, es pertinente señalar que como sociedad hemos abandonado la capacidad de compadecer.
Compadecer en el sentido de “padecer con el otro”, es justamente una expresión solidaria, pero que a últimas fechas no siempre está presente.
¿Qué motiva ese desdén? ¿El miedo a disminuir nuestros satisfactores? ¿El temor a la agresión física?
Con la salida masiva de ciudadanos sirios, asolados por el flagelo de la guerra, hemos visto que buena parte de los habitantes de países desarrollados de Europa, se mueven impulsados por un chauvinismo inspirado en el antisemitismo nazi ¿acaso no aprendimos la lección? ¿Cuánta sangre más nos hace falta?
Por otro lado, en México, ante los grotescos hechos de violencia, hemos abandonado la camaradería entre vecinos, podemos ser testigos de actos graves y muy probablemente guardemos silencio, de ese tamaño es la desconfianza en las instituciones.
En una entrevista concedida al periodista Ramón Chao, el extraordinario literato cubano, Alejo Carpentier decía, en referencia a El Quijote: “si viésemos al buen caballero desembocar por la esquina de nuestra casa, le diríamos: Pase usted, señor Don Quijote, descanse un poco y comparta nuestra comida, y háblenos de sus andanzas, y que las oigan nuestros niños... Si, en cambio, a nuestra puerta llamaran Hamlet o el rey Lear, pasaríamos cerrojos y llamaríamos a la policía”
La pregunta obligada ante este planteamiento es ¿acaso nuestro vecinos son uno de estos personajes impresentables de la literatura? ¿acaso lo son los migrantes que vienen de lejano país? ¿acaso lo somos nosotros mismos?
Algo no está funcionando en nuestra “conectividad” social, por usar un terminajo de moda. Priva el individualismo, pero no un individualismo producto de una posición filosófica, sino, aupado por el miedo, el miedo a la existencia de lo trágico. Quizá consideramos que negándolo nunca nos afectará.
Lo dijo José Saramago y lo parafraseamos: el futuro de la humanidad o es solidario…o no es. El remedio está en la comunidad, en el “nosotros” por encima del “yo”.
Javier Roldán Dávila Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.
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