Ante la inexistencia de una estructura territorial, las mini franquicias partidistas optan por realizar campañas que más que ser eso, son expresiones similares a un papaqui, o sea, los desfiles que preceden el inicio del carnaval.
Así pues, acompañados de un vehículo con altavoces, una batucada, banderines y el resto de la parafernalia, los prosélitos de un determinado aspirante, caminan haciendo un ruido infernal repartiendo dulces y folletos, repitiendo en las bocinas hasta causar vómito, sonsonetes que hablan de las supuestas bondades del partido y la o el abanderado.
Desde luego, las propuestas brillan por su ausencia y la viabilidad histórica queda reducida a un estribillo.
Queda claro que el fenómeno, además de exhibir la carencia intelectual de los candidatos, se constituye en una grave falta de respeto a la ciudadanía, pues estos mercaderes electorales, consideran que pueden acopiar votos con sus baratijas propagandísticas.
Sería recomendable que las autoridades municipales impidieran las esperpénticas paradas, ya que, aparte de la contaminación auditiva y visual, inhiben la participación política al provocar hartazgo en los electores.
Claro, la principal responsabilidad queda en nosotros, ni un voto a estos farsantes, que para políticos no sirven y como comparsa de bastoneros son muy malos.
