El hijo de María X amaneció con mucha fiebre. Su madre da vueltas alrededor de la casa, lo mete a bañar, busca cualquier remedio casero para evitar que el niño empeore. Debería llevarlo al médico pero no cuenta con Seguro Social ni es trabajadora del Estado y carece de ISSSTE. También carece de dinero. Su esposo, un empleado de una fábrica de juguetes, ingeniero de profesión, cuyos ingresos sobrepasan los quince mil pesos, le deja al día “para el gasto” sólo 150 pesos. Más que suficiente, le ha dicho, para comprar los alimentos en el mercado. De los gastos mayores él se encarga. María nunca sabe cuánto se paga de luz o de teléfono y cuando debe comprarse ropa para ella o sus dos hijos, su esposo es quien la acompaña y decide qué debe ponerse. “Algo sencillo, ni sales de la casa, debes atender a los niños”. Pero ese día la mujer no desea comprarse un vestido ni unos zapatos. Sólo se preocupa porque la fiebre del pequeño no cede y no tiene los medios para pagar un médico particular. La consulta con el pediatra cuesta 600 pesos y en ese momento no cuenta con ellos. Debe llamarle al marido al trabajo para pedirle permiso e irlo a buscar a su empleo para que le dé dinero para el doctor pero no lo encuentra. No puede tampoco pedirle ayuda a su familia porque despertaría la ira de su cónyuge, quien le ha dicho hasta el cansancio que si lo hace, se burlarán de él.