
Las agujas del reloj de la sala marcan 2 minutos para la medianoche, pero las luces de mi apartamento continúan prendidas. Camino apresuradamente de un cuarto a otro, buscando con impaciencia mis indispensables analgésicos. Al día siguiente, me espera una jornada de trabajo intenso, y lo único que quiero es sentirme bien. Pero los dolores de cabeza, que me acompañan desde hace varios años, vuelven a manifestarse. Incluso sin garantías seguras de que se calme el dolor, no puedo pensar en la posibilidad de enfrentar la jornada del día siguiente sin ingerir analgésicos.


