Con las disculpas ofrecidas por Enrique Peña Nieto el pasado 21 de agosto, los mexicanos vivimos –además de la pena ajena–, el arranque oficial de una nueva estrategia de comunicación de Los Pinos que, no por nueva, pudiera ser mejor.
Es un hecho que tarde entendieron en la oficina del presidente los yerros de los dos sexenios anteriores en materia de comunicación y es casi un hecho que seguirán su camino:
Con Vicente Fox, la comunicación presidencial vivió una verborrea informe (muchas veces como soliloquios) y que no presentaba una agenda fija que respondía a los caprichos del tema que en variable momento obsesionaba al primer presidente de la alternancia. Era pródigo en discursos al grado que se repetía hasta el cansancio.
Nunca tuvo (y si lo tuvo no le hizo caso) quien le dijera cómo responderle a los medios. Pensó, en su muy particular visión de las cosas, que romper con la formalidad en las respuestas como presidente lo hacía parecer más simpático cuando en realidad se ganó a pulso la percepción de ignorante. Respuestas como el “–¿Y yo por qué?” a raíz del conflicto con el Canal 40 de TV, fomentaron esa percepción.
A final de su sexenio, a decir de Raymundo Riva Palacio “Fox y su equipo insistieron en culpar a los medios de que les tergiversan las palabras, a los partidos de oposición de que estaban bloqueando los cambios propuestos, y a los ciudadanos de no entender el esfuerzo que estaba realizando para refundar la nación”, al grado de aceptar públicamente que no leía ya más periódicos.
Con Felipe Calderón fue exactamente lo contrario. Se autoimpuso un hermetismo casi clerical (es muy probable que sus asesores le hayan sugerido que hablara lo menos posible en forma directa a los medios dado el problema de quebranto de voz que acusaba) y todo lo que tenía que decir en forma directa lo hacía a través de algún secretario; sus discursos eran lo estrictamente necesarios y, por estrategia, fijó un sólo punto en su agenda con los medios: la guerra con el narco, punto que, por demás está decirlo, ocasionó su propia debacle.
Para acentuar el contraste con el sexenio de Vicente Fox, durante el gobierno de Calderón tanto Presidencia como Gobernación instruían cómo operar las campañas publicitarias, cuyo costo ascendió a casi 40 mil millones de pesos siendo, hasta ahora, el mayor gasto por publicidad gubernamental de cualquier gobierno.
Tuvo a sus consentidos en la prensa, pero fue realmente intolerante con los medios críticos. La “mecha corta” con la que calificó a Calderón Diego Fernández de Cevallos, se hizo patente en más de una ocasión incluso con reporteros que le insistían en alguna pregunta.
Más allá de si los errores en la comunicación social de Calderón costaron el regreso del PRI a Los Pinos (como señala en su artículo Rubén Aguilar, ex vocero de Fox en la revista “Etcétera” –y como si el éxito de la comunicación social de un gobierno se midiera en esos términos–), la realidad es que la relación entre Felipe Calderón y la prensa mexicana (por lo general), nunca fue buena.
Por muchos años se ha creído que parte de la perversidad de muchos gobiernos (sobre todo los que ha tenido este país), ha sido fomentar la ignorancia de la gente o, cuando menos, incentivar la distracción hacia temas intrascendentes.
Lo menciono porque si a alguien debemos responsabilizar de que el mexicano sea un pésimo lector, es precisamente a aquellos que han promovido la sustitución de un buen libro por una telenovela (por citar un ejemplo), porque no se han encargado de una obligación insoslayable: vigilar que los medios –sobre todo los electrónicos–, cumplan con la oferta de sus títulos de concesión.
Ahora que nuevamente se presenta la oportunidad de dar un salto que demuestre que hay un compromiso de quienes gobiernan con sus gobernados (estamos viviendo un momento realmente crucial), el gobierno, aquel que ha inducido esa ignorancia, está siendo víctima de sus propios yerros.
Esto viene a colación por la insistente difusión (y que seguirá cuando menos un par de años), de las campañas que el gobierno hace en favor de sus reformas y que tanto han incrementado la polarización. ¿Qué le ha faltado a este gobierno en materia de comunicación, sin tomar en consideración el revertir si lo que nos tratan de vender es mercancía dañada?
Primero, el gobierno federal tendría que desarrollar una mucho mejor estrategia de contenidos. Hasta ahora, no sólo no ha sido contundente sino que ha dejado un enorme margen a la especulación.
Segundo, tendría que ser mucho más claro y efectivo en lo que comunica: no debe perder el tiempo y la atención de la gente en figuras retóricas o en promesas presidenciales. Deben entender que el presidente ya no es un activo para el gobierno.
Y tercero, debería hacer un manejo mucho más eficiente (gráfico, ilustrativo) de cifras. Cifras que pongan en contexto muchas cosas (sólo como ejemplo: cuántos maestros son de la CNTE y cuántos del SNTE), con el objeto de que se dimensionen los temas que más pudieran polarizar a la opinión pública.
Miyamoto Musashi, un famoso guerrero del Japón feudal del siglo XVI, más conocido por haber escrito un tratado de artes marciales conocido como “El Libro de los Cinco Anillos”, escribió que la observación y la percepción son dos cosas diferentes, pues el ojo que observa es más fuerte y el ojo que percibe es más débil.
Hasta el próximo mes
Manuel Moreno. @ManuelMR Periodista, comunicólogo, conferencista. Escribe la columna "Didascalia" para la versión impresa de Merca2.0 memorabilia-mmoreno.blogspot.mx
