Mi ciudad verá ocurrir, este siete de julio próximo, otra elección más, en este caso para alcalde y diputados locales. Los candidatos han sacado el cobre, o bueno, unos se los han sacado a los otros, ha habido descalificaciones, zancadillas, golpes bajos y todo tipo de infamias poco dignas de una contienda democrática; muchos xalapeños, ante tan ofensiva muestra de poca civilidad y falta de decoro aseguran que no irán a votar, sin embargo, yo les digo: paisanos, es nuestro deber votar; a pesar de la tan triste oferta electoral, a pesar de la apatía que la política, pero más que nada los políticos, nos causa. Y les comparto esta reflexión: Yo ciudadano, decreto —lejos de las tribunas ya prostituidas de las instituciones, al margen de las plataformas convenencieras de los partidos políticos y convencido, de que soy la piedra angular del verdadero cambio en el país— que participaré en el proceso electoral del siete de julio próximo.
Yo ciudadano, implanto en mi conciencia invendible, que no me importa que los procedimientos republicanos se hayan envilecido por quien, se supone, habría de vigilarlos; y que a pesar de ello y por encima de ello, estaré en las urnas.
Que no me interesa que no haya, entre los candidatos de todos los partidos políticos que contienden por representarme en el Congreso o para gobernar a mi querida Xalapa, ni uno siquiera que cumpla con mis expectativas ciudadanas. De todos modos iré a la casilla que me corresponde.
Que lo que no pudieron los fraudes del pasado, las amenazas de desestabilidad y la manipulación descarada, no lo pueda hacer la apatía y el hastío.
Yo ciudadano, me ordeno a mí mismo cerrar los oídos a las arengas que, vacías e irrespetuosas, se lanzan los que contienden, sin más argumentos que la voraz hambre de poder y canonjías inmerecidas. A los discursos huecos que prometen lo que después escatiman, a las disertaciones que no ponderan las virtudes propias —porque no existen—, pero sí los defectos del contrincante, y a las zalamerías del que sabe que no podrá cumplir lo que ofrece.
Yo ciudadano prometo estar presente en la mesa del funcionario de casilla, con mi credencial en la mano y mi conciencia cívica inquebrantable en el corazón; quizá no para votar por alguno de los que creen que soy un ingenuo más de la manada, sino para demostrarles, a esos que agoreran la indiferencia ciudadana, que estoy aquí, que existo, que no soy un indolente y que mi presencia proclama un civilizado grito callado que dice: ¡No más!
No más manipulación, no más fraudes, no más saqueos, no más tráfico de influencias, no más prebendas injustificadas, no más enriquecimiento ilegal, no más impunidad, no más de lo mismo ¡No más!
Yo ciudadano declaro que estaré presente en la casilla que me toca el día de las votaciones, pero no para que los partidos políticos y sus corifeos se hagan falsas ilusiones de que tendrán mi voto, sino para que sepan que sí me importa lo que pasa en el país y que soy consciente de mis obligaciones cívicas.
No dejaré que los actores políticos crean que mi indiferencia y mi apatía es mi aprobación para hacer lo que siempre han hecho; no permitiré que piensen que si no voy a votar es porque me da igual quién me gobierne o me represente. Y aunque no sé si dejaré la boleta en blanco o la rayaré completamente, si estoy seguro que, haga lo que haga, dejaré constancia de que estuve ahí. Que los que nos gobiernan —y los que quisieran hacerlo— sabrán que no hay, entre ellos, quién represente un ideal, una doctrina auténtica y una opción verdadera, pero que aún así votaré, quizá, y qué triste, por el menos malo de entre todos ellos.
Yo ciudadano decreto que iré a las casillas, que registraré mi participación y que no dejaré que crean que soy indolente, desidioso y apático.
Ese es mi decreto y ésta mi invitación:
No dejemos que la apatía acabe con el proceso más importante de la democracia; estar ahí es lo que cuenta —votar por alguien es avalar a la democracia y no al candidato por el que votemos—, no dejemos que esa abstinencia que se prevé sea un aval para nadie.
La democracia la hacen los ciudadanos, no los políticos.
Alejandro Hernández y Hernández
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