Sylvia Kristel, nuestra Emmanuelle eterna

Sylvia Kristel, nuestra Emmanuelle eterna

 

Su piel suave, del color de las perlas, brillaba en la pantalla de esas funciones nocturnas, clandestinas, a las que muchos adolescentes asistíamos, cubiertos los rostros por un gesto de mayoría de edad. Lo ensayábamos recio y engrosábamos la voz a la hora de ir a la taquilla y pedir un boleto solitario para la función de medianoche, en un cine olvidado, que sólo servía para cultivar las perversiones de hombres maduros, pero también era un invernadero donde eclosionaba la flor de nuestra sexualidad.

 

Ya sentados en la butaca, con una mano en la entrepierna y la otra en la frente, como visera que ocultaba parte de nuestro rostro, esperábamos a que la oscuridad nos diera el beneficio del anonimato y cuando esto sucedía, como si de un gran acontecimiento se tratara, de la pantalla surgía, como Venus naciente, la hermosa figura de una mujer holandesa de piel de mantequilla, de pubis exuberante, de ojos cándidos, de labios ansiosos, de cuerpo delgado, apetecible, distante, sólo alcanzable en el ejercicio de nuestro onanismo.

Era Sylvia Kristel, la mujer que durante muchos años habitó en los jardines de nuestros sueños húmedos. La mujer que cohabitó en nuestros deseos; Sylvia Kristel, la Emmanuelle, la antivirgen que en 1954 saliera de la pluma de Emmanuelle Arsan y que veinte años después Just Jaeckin la llevara al cine, sintiendo compasión por nuestras debilidades.

Llenaba su figura la pantalla, se podía percibir el calor de su cuerpo desnudo, sus pechos túrgidos cobraban más firmeza con la excitación, al ritmo de la melodía que para ella compusiera Pierre Bachelet y que después el mismísimo Francis Lai inmortalizara en notas que alcanzaron la cumbre de lo sublime.

Ella, Emmanuelle, exploraba su sexualidad liberada de conflictos morales, curiosa conocía la cultura de otras naciones, de la Indochina que venera al falo y que tiene en un altar muy húmedo a la vagina.

Se la disputaban los hombres más sofisticados, pero ella prefería ser trofeo de un par de nativos que, como gallos de pelea, combatieron en un duelo a muerte. El ganador fue sobre su trofeo y ahí, enfrente de todos, Emmanuelle fue poseída en medio de cantos de guerra, en medio de aullidos excitantes, en medio de la lujuria de un pueblo que cobraba en la mujer blanca la revancha de su servilismo.

Emmanuelle puso al descubierto que las mujeres acaudaladas pueden gozar como las rameras de Babilonia; que las esposas de los embajadores gustan de la miel blanca que brota de los troncos de piel oscura; que hay hombres que las prefieren libres, porque esa libertad, como lo dijera Octavio Paz en su ensayo sobre erotismo, es el principio del amor.

Los adolescentes salíamos complacidos después de rendir culto a Onán, llegábamos a la casa para en nuestras habitaciones ejercitar la memoria y con ello poder invocar la figura esbelta de esa mujer que no se movió ni una pulgada del centro de nuestra libido.

Nos hicimos devotos de Emmanuelle y también asistimos a la secuela, a la segunda parte de sus aventuras donde nos presentó a Laura Gemser, la Emmanuelle negra, la divina que se pasearía todas las tardes por la calle de las caricias.

Te amamos Sylvia Kristel y a pesar de los años siempre te vimos hermosa. Te seguimos cuando interpretaste a la espía Mata Hari, a la Lady Chaterley de la novela de D.H. Lawrence. Todos envidiamos al adolescente precoz al que le diste lecciones privadas.

Te amamos Sylvia Kristel, nuestra Emmanuelle eterna y a pesar de tu muerte te seguimos considerando viva; tan viva como las escenas que llenan mi memoria, que me recuerdan adolescente en el cine Lerdo, en el cine Radio, buscando un lugar discreto, oscuro y solitario, donde tú y yo pudiéramos tener un diálogo basado en el contacto.

Te amamos tanto Sylvia Kristel que no ponemos condiciones a nuestro a mor y a pesar de que digan que ya no estás con nosotros, por las noches, cuando el calor sea intenso, siempre te buscaremos en la memoria para aliviar un poco nuestra soledad.

Postdata 1: Por cierto nadie se preocupó por la suerte que corriera el Gran Cine Radio. Primero fue una mueblería de Elektra, después un estacionamiento. El municipio o el estado debieron rescatar esa construcción tan llena de recuerdos, de historia, de deseos. Que tire la primera piedra el que no tuvo malos o buenos pensamientos en este cine.

Postdata 2: El miércoles pasado la alcaldesa estuvo con los miembros de Otero Ciudadano AC. Dos cosa se destacaron: que la alcaldesa, a pesar de tanto video y de más de una hora de discurso, no convenció con su argumento de buen gobierno; segundo, de repente surgieron muchos miembros de Otero Ciudadano AC, de esos que sólo van cuando aparece un invitado al que le puedan pedir algo.

Armando Ortiz

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