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Un nuevo año comienza y todos nos hemos puesto a reflexionar. No faltan los buenos propósitos que siempre van acompañados de promesas que harán patente el hecho de que somos muy malos para cumplir. Claro, peor es no tener buenos propósitos. Estupendo serÃa llegar a medio año y ya no tener esos 5 o 10 kilos de más; qué padre serÃa dejar de fumar o darnos tiempo con la familia para salir al menos dos veces por semana a algún sitio. Y en los estudios, ¿no serÃa bueno tomar de una vez por todas ese curso de inglés que tanta falta nos hace? Tal vez serÃa bueno desarrollar ese proyecto que tanto tiempo hemos venido planeando.
No, si buenos propósitos hay muchos. Los seres humanos somos entes que siempre deberÃamos buscar ir para arriba. A mà de plano me gustarÃa este 2015 publicar por fin mi libro de cuentos que hace años está durmiendo el sueño de los justos; también me gustarÃa terminar mi novela. Ya lo veremos, espero que para octubre muchos de nuestros propósitos ya se hayan cumplido o al menos estén lo suficientemente avanzados para que no pase nuevamente el 2015 y nosotros sigamos igual.
¿Quién nos enseñó a medir el tiempo? ¿Quién se propuso empezar con la cuenta de los segundos, los minutos, las horas, los dÃas, los meses, los años? ¿A quién debemos culpar por esa osadÃa? Acaso no se pudo imaginar ese insondable Ser la cantidad de trastornos que esto nos acarrearÃa. Debió por supuesto haber sido amigo de un relojero, o quizá enemigo del sueño; porque hay que vérselas los lunes por la mañana para levantarse a tiempo,y ya no decir de las citas en los cafés o las consultas con los dentistas, que si no llega uno a tiempo se tiene uno que esperar hasta el final. Y que me dicen de los plazos. Que la renta hay que pagarla siempre los dÃas 28 o 29 del mes, que el abono del auto los dÃas 15, que la tanda con la vecina, esa sà nos espera un poco, pero sólo un poco. Los plazos tendrán siempre un parecido extraordinario con las novelas de suspenso, que a veces faltan tres dÃas para que se cumpla el plazo y nosotros no hemos hecho nada, entonces nos entra una urgencia, que si es un dinero ya estamos empeñando la esclava de oro que nos heredó el abuelo, que si es una tarea nos desvelamos hasta que al dÃa siguiente nada queremos saber ni de fÃsica, ni de matemáticas.
Luego los meses, caramba, los meses se van como si los anduvieran persiguiendo. Empezamos en enero llenos de planes y buenos propósitos, en esas andamos cuando ya se nos llegó febrero, el mes en el que empezamos a asistir al gimnasio, en el que pegamos en la puerta de la cocina la dieta de la luna, el mes en el que empezamos a leer esa novela de 350 páginas que tanto nos han recomendado.
Apenas estamos empezando cuando ya se llegó marzo, entonces buscamos alguna excusa para no asistir un dÃa al gimnasio, en medio de la dieta se atravesó el cumpleaños de la madre y ni modo de desairarla; además, que mejor que un mole para romper cualquier dieta.
Abril no la pasamos replanteando los buenos propósitos de principio de año, en mayo los festejos en el trabajo, el dÃa de la madre, del maestro y algún que otro cumpleaños nos impiden poner en orden nuestros buenos deseos.
Junio y julio son de gran tensión, los exámenes finales, la cercanÃa de las vacaciones y uno sin un centavo ahorrado, las ganas de hacer mucho dinero en un lapso de 15 dÃas. En eso se llega agosto y nos tenemos que conformar con una salidita al puerto de Veracruz en fin de semana y dos visitas al balneario más cercano.
Septiembre es el mes patrio, el mes que hay que inscribirse a la escuela o comprar ropa y útiles a los niños, el mes en el que el dinero se va como arena en las manos.
Octubre llega y nos encuentra en la bancarrota, pero qué bueno que también llega el otoño, porque al menos eso nos sirve de alivio. Noviembre es el mes en que empieza el fin de año. Hacemos planes, recapitulamos el año, los buenos propósitos se quedaron en eso, nos entra una gran depresión porque no logramos entender cómo es que el año se nos pasó tan rápido, intentamos suicidarnos pero no es buena idea hacerlo lanzándonos desde el segundo piso de nuestra litera, ni metiendo la cabeza en el microondas, como vimos en una pelÃcula.
En diciembre las fiestas nos distraen un poco, la depresión se aminora los dÃas 24 y 31, entre esos dÃas nos sentimos perros; el único consuelo que nos queda es que adelante viene un año nuevo sin estrenar, listo para que hagamos uso de él, para que llevemos acabo nuestros buenos propósitos; aunque claro, eso puede ser una mera ilusión.
Armando Ortiz Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.