
Mis virreyes: ¡no se hagan bolas!, por más poderes meta-constitucionales que tenga el Tlatoani, no puede ordenar: levántate y anda
Qué diferentes serían las cosas, si nuestros gobernantes tuvieran la costumbre de leer y escuchar, si comprendieran que el poder da eso, poder, pero no otorga sabiduría o dicho de otra forma: lo que natura non da, Salamanca non presta.
El politólogo italiano Norberto Bobbio (La crisis de la democracia y la lección de los clásicos), decía que para comprender muchas de las problemáticas actuales “es preciso tener mucha paciencia y saber escuchar de nuevo las lecciones de los clásicos”. Nihil novi sub sole…nada nuevo bajo el sol.
En este contexto, hay ocasiones en que debemos dar paso a las lecciones de los creadores literarios, de aquellos que interpretan el mundo a través de su extraordinaria sensibilidad.
Así pues, la propuesta es revisar el siguiente cuento corto, del enorme literato y profeta libanés Gibrán Jalil Gibrán, mismo que apareció publicado en 1918, en el libro “El Loco”
El rey sabio
“Había una vez, en la lejana ciudad de Wirani, un rey que gobernaba a sus súbditos con tanto poder como sabiduría. Y le temían por su poder, y lo amaban por su sabiduría.
Había también en el corazón de esa ciudad un pozo de agua fresca y cristalina, del que bebían todos los habitantes; incluso el rey y sus cortesanos, pues era el único pozo de la ciudad.
Una noche, cuando todo estaba en calma, una bruja entró en la ciudad y vertió siete gotas de un misterioso líquido en el pozo, al tiempo que decía:
-Desde este momento, quien beba de esta agua se volverá loco.
A la mañana siguiente, todos los habitantes del reino, excepto el rey y su gran chambelán, bebieron del pozo y enloquecieron, tal como había predicho la bruja.
Y aquel día, en las callejuelas y en el mercado, la gente no hacía sino cuchichear:
-El rey está loco. Nuestro rey y su gran chambelán perdieron la razón. No podemos permitir que nos gobierne un rey loco; debemos destronarlo.
Aquella noche, el rey ordenó que llenaran con agua del pozo una gran copa de oro. Y cuando se la llevaron, el soberano ávidamente bebió y pasó la copa a su gran chambelán, para que también bebiera.
Y hubo un gran regocijo en la lejana ciudad de Wirani, porque el rey y el gran chambelán habían recobrado la razón”
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¿Ahora comprenden que las cosas serían harto mejor si los gobernantes leyeran o conocieran la sabiduría popular?
Mientras, nos seguimos jodiendo.
