¡El gaaaas!

 

Mi ciudad es un lugar, si se vive en colonia popular, en donde decenas de vendedores todos los días tocarán a la puerta para ofrecer productos, servicios o para solicitar alguna cosa inverosímil: “Calabacitas tiernas marchantita”, “¿no tiene periódico que me regale?”, “¿le chapeo el frente?”, “…traigo una enciclopedia buenísima para los niños… ¿No tiene?... Traigo niños para la enciclopedia. Aproveche”. Y así, en una serie inimaginable de visitantes que tocan, y uno va y abre decenas de veces al día sólo para decir: No gracias. -Por enésima vez- ¡No, gracias!

Claro que, siempre se tiene la ventaja de ver por la mirilla o por la ventana y no abrir si no hace falta; aun y con que haya algunos muy obstinados que insistan tocando por diez minutos o más.

Sin embargo, hay otra clase de vendedores que ni siquiera tienen la educación de tocar la puerta; se meten (virtualmente) hasta la cocina. Y lo harán a cualquier hora y en cualquier día de la semana; de éstos hay dos que son ejemplo de perseverancia, cosa que de algún modo admiro (y lo digo para no herir susceptibilidades de modernos Robín Hoods que luego me reclaman, con acritud, que fiscalizo a las bases trabajadoras de la pirámide social): los vendedores de tamales oaxaqueños y los repartidores del gas.

Sé, porque de eso presume que el tamalero, o tamalera, hace los mejores tamales de la zona, sé también que están calientitos y que hay de rajas, de mole y de dulce; lo que nunca me ha explicado es por qué tiene que empezar a venderlos a las seis de la mañana y acabar a las doce de la noche. Y por qué, precisamente tiene que principiar y acabar su turno mero enfrente de mi casa; casi siempre, cuando aun no me despierto o cuando ya casi estoy a punto de dormirme.

Los del gas son un caso que me llena de una ternura infinita; me imagino a unos niños sin regalos de Reyes, haciendo sonar cubetas vacías o cacerolas a modo de tamboras y conservando la costumbre de aporrear cualquier cacharro hasta el fin de sus días.

Señores gerentes de las compañías gaseras, vivimos en la era de la informática; hagan un padrón de la ciudad, divídanla en sectores, repártanlos entre el número de empresas que son y pongan a una secretaria a llamar para preguntar si necesitan gas en las casas de su sección; o hagan un calendario de acuerdo al gasto estimado de cada familia y pasen con puntualidad a dejar los cilindros casa por casa y a horas decentes.

Con esto nos evitaríamos varias cosas: que los sábados y domingos cuando no me tengo que levantar temprano, los clán, clán, clán; de sus “pericos” de hiero colado dando contra los cilindros de gas —o la grabación de eso mismo— dejen de sonar y yo, por lo consiguiente, pueda dormir esa media hora que siempre es la más rica; que los cilindros dejen de presentar fugas producto de tanto golpe como es que les dan y que nos evitemos, de una vez y para siempre, el sonsonetito alucinante ese de: “…ya llegó, ya llegó, gas Express, ya llegó…”.

En nombre de la humanidad (la mía) ¡Ya basta!

Alejandro Hernández y Hernández
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