Quien domina la mente lo domina todo.
Kalimán
Mi ciudad está politizada, la televisión también; las pláticas de café, las de sobremesa y las casuales en las colas de los bancos, no tratan de otra cosa que no sea política. Eso francamente ya choca, ¿no cree usted querido lector? Hablemos, sólo por hoy porque será casi imposible sustraerse a esta efervescencia política en las semanas venideras, de otra cosa, ¿sale?
El otro día, navegando en Internet, me encontré una serie de videos que mostraban fragmentos de películas de Disney, los cuales, según el usuario de la página que miraba, tenían mensajes subliminales. Imágenes ocultas, fotografías en medio de los dibujos animados, palabras entre las nubes y otras cuantas cosas que se me hicieron pero bien enfermas.
Haberlas visto, sin embargo, me despertó la curiosidad y decidí investigar sobre el tema de lo subliminal. Citaré a continuación un fragmento de un estudio de un investigador, Mario R. Tinoco, acerca del tema.
“Durante más de la mitad del siglo pasado existió gran cantidad de información en la psicología, explicando sobre el papel del subconsciente en la vida de cada ser humano. Sin lugar a dudas existe como un aspecto vital de comportamiento humano en todas sus manifestaciones. Es prácticamente imposible tomar un periódico, o una revista, poner a funcionar la radio y la televisión, leer un boletín de direcciones o un directorio telefónico, o ir de compras a un supermercado sin que un artista, fotógrafo o técnico manipule de manera intencional el subconsciente. La percepción subliminal es un tema que prácticamente nadie quiere creer que exista. Sin duda, sería más cómodo ignorar simplemente lo que pasa. La proliferación de los medios de comunicación ha hecho casi imposible de ver lo que en realidad está pasando. Aparentemente estas percepciones invisibles subliminales suministran importancia a los seres humanos en un mundo que de otra manera seria inseguro e inestable. No se podrían dictar leyes sobre lo subliminales, es probable que algunas de las aplicaciones comerciales destructivas y excesivas de los medios de comunicación debieran ser restringidas, sin embargo, las influencias subliminales será parte de la vida mientras exista el hombre, y éste debe aprende a vivir con ellos de alguna forma.”
Así como el autor, yo me negaba a creer que alguien, por medio de cosas que uno no capta conscientemente, pudiera ser inducido a hacer y hasta comprar equis cosa. Sin embargo, ya impuesto a la reflexión empecé a hacer memoria y caí en cuenta que toda mi vida he sido dominado por fuerzas subliminales y oscuras. Quizá no malignas pero sí sutiles y bastante eficaces para lograr que hiciera, y siga haciendo, cosas contra mi voluntad.
Todo empezó, creo, en mi más tierna infancia. Bajo la perspectiva que dan los años transcurridos, hoy caigo en cuenta que mi madre debe haber, sin que ni mis hermanos y yo nos diésemos cuenta, tomado un curso especial de dominación subliminal; no se entiende de otro modo que mientras ella decía: “Claro, para eso me paso todo el día trabajando, para que tú traigas estas calificaciones”, yo le entendiera claritito: “Para la otra que me traigas un seis te voy a dar una, de Padre y muy señor nuestro, que vas a ver”. Lo malo es que me dejó entrenado para que otras mujeres pudieran seguir usando esa técnica conmigo. A las maestras que me instruyeron en mis estudios básicos siempre que me dijeron una cosa yo acabé entendiéndoles otra. Cada que cualquiera de ellas gritaba mi apellido yo entendía frases y palabras distintas e intimidatorias. “¡Hernández!”, entonces, significaba: “A la Dirección”, “tienes un reporte”, “te quedas sin recreo”, “reprobado otra vez”, “mañana traes a tu mamá”, “sacude el borrador”, “déjate ahí”, “salte del salón”, “cállate”, “habla”, “siéntate”, etcétera.
Hoy en día mi vida sigue sojuzgada por la femenina dominación subliminal, aunque la técnica que mi mujer ocupa es mucho mejor que la de mi madre y mis maestras. No me grita ni me amenaza, tan sólo me mira dulcemente con sus ojos verdes y serenos y yo acabo haciendo lo que ella quiere. He pasado de lo subliminal a lo sublime. Sigo mentalmente dominado pero ya me gusta más.
Alejandro Hernández y Hernández
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