Amor primero

 

 

“La magia del primer amor consiste en

nuestra ignorancia de que pueda tener fin.”

Benjamín Disraeli

Mi ciudad está llena de estudiantes, miles de imberbes mancebos y Lolitas socializan en las escuelas, por ende miles de primeros amores surgen entre ellos.

Jamás he conocido lugar tan común como ese que dice: El primer amor jamás se olvida. Tan común y tan verdadero, además. Hagan, queridos lectores, un ejercicio de concentración; cierren los ojos y percíbanse a sí  mismos la primera vez que sintieron mariposas en el estómago cuando vieron a alguien de quien se enamoraron. Estoy seguro de que no les costó mucho, el recuerdo llegó en automático, ¿verdad? Esto es porque el primer amor deja una marca indeleble, aun en los que lo niegan. El primer amor aparece como por encanto, a veces cuando apenas se tienen diez o doce años, algunas veces hasta menos. Existen quienes se enamoraron de sus maestras a los seis años o de sus compañeritas de primer grado. Es ese primer amor un sentimiento que lo deja a uno como atontado, sin poder reaccionar, sin ganas de comer y hasta sin poder dormir.

 

Así me pasó a mí, a los ocho años, cuando cursé el tercer grado de primaria. En aquel entonces la alta curia pedagógica de la escuela de gobierno a la que yo iba, había tenido la genial idea de que, como los mesabancos eran dobles, nos sentáramos un niño y una niña en cada cual; dizque porque así niño y niña no perderían el tiempo platicando. ¡Ja! Error. Las mujeres desde pequeñas saben perfectamente cómo sacarle palabras hasta las piedras y aquello no funcionaba bien. Todas hablaban con todos, sin embargo, eso a mí me tenía sin cuidado pues desde que mi madre me fue a inscribir y supe quién sería mi maestra yo había perdido los estribos, la silla de montar y hasta el caballo completo de mi vida por Miss María Luisa y no le prestaba atención a nadie. Ojos grandes, ensoñadores; boca roja, minifalda discreta y copete de dos pisos laqueado profusamente —como correspondía a la década prodigiosa de los70´s— mi maestra era, lo supe de golpe y porrazo cuando la vi —literalmente, porque me tropecé con el quicio de la puerta apenas ella me miró—, mi ideal de mujer.

Nunca como en ese entonces estuve más deseoso de ir a la escuela. Mi madre no me tenía que apurar para levantarme a bañar ni para alistar mis cosas y, extrañada, me espiaba incrédula cuando yo solito agarraba el “Wildroot” y me peinaba cuidadosamente.

Nuestra historia de amor duró seis meses, dos semanas y un día. Y digo “nuestra” porque estaba seguro de que ella también me adoraba. Para todo a quien mandaba era a mí. Que había que sacudir el borrador: “Hernández, mijo, sacude el borrador allá afuera por favor”. Nunca respiré más polvo de tiza que en esos días; blanco como un fantasma regresaba al salón llevando por delante el borrador casi deshilachado de tanto golpe, pero impoluto y sin una pizca de yeso. Que había que llevar algún papel a la Dirección: “Hernández, mijo, llévale esto a la directora”. Que había que pasar lista: “Hernández, mijo, pasa lista por favor”. Y así, en una serie interminable de peticiones y favores, que yo entendía claramente como una secreta asiduidad entre la Miss y yo.

Lamentablemente, a la par del primer amor conocí también la decepción que a este sentimiento le acompaña. Mi desgracia se apareció un día de mayo en forma de maestro practicante. Llegó con un oficio de la Secretaria de Educación en una mano y una guitarra en la otra; estuvo una semana en el salón y le bastó ese tiempo para destruir la más maravillosa historia de amor imposible que se haya escrito en el mundo. El tipo, Wenceslao se llamaba —aun lo recuerdo con rencor—, cortejó tozudamente a mi maestra. Le llevó chocolates, le compró pepinos con chile y limón en el recreo, le regaló una rosa, que yo vi cuando se robó de un jardín vecino y, para cuando su semana de práctica terminó, se despidió de ella cantándole acompañado de su guitarra “La felicidad” al estilo del Pirulí y la enamoró.

Ese día, despechado, le pedí a mi compañera de banca, una niña de ojeras románticas y azules —producto de algo que, luego me enteraría, se llamaba anemia—, que fuera mi novia. Ella aceptó a la primera y en prueba de nuestro compromiso, a la salida, la llevé a su casa que quedaba, no en casa de la fregada sino lo que le sigue.

Yo vivía a tres cuadras de la escuela y no hacía más de diez minutos de camino; ese día llegué una hora después. Mi madre me regañó y me castigó dejándome sin comer. Cosas que no me importaron, pues era tanto mi sufrimiento interno —me desgranaba por dentro como una mazorca seca; y disculpen la metáfora tan ramplona, pero recuerden que tenía ocho años apenas— que no sentía ni hambre.

Y aunque el primer amor verdaderamente jamás se olvida, bajo la perspectiva del tiempo transcurrido he podido asimilar que lo nuestro nunca hubiera resultado —lo de la maestra y yo y lo de mi compañera y yo—, pues mientras que a mi compañerita jamás se le quitaron la ojeras —y a mí nunca me han gustado las mujeres melancólicas—, mi maestra ya tendría para estas alturas como 75 años. La brecha generacional hubiera sido insalvable.

Alejandro Hernández y Hernández

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