“¡Hasta la madre!”

“¡Hasta la madre!”

Mi ciudad hizo eco, el 6 de abril, de la convocatoria lanzada por Javier Sicilia, para marchar protestando por la incontenible violencia que está padeciendo el país. Al poeta, los delincuentes —o quizá policías, nadie lo sabe aún—, le mataron un hijo; un muerto más que se suma a los 40 mil que van en este sexenio y que el gobierno cataloga como simples “daños colaterales”.

Mil, quizá mil quinientos —quinientos nomás, según algunos medios “oficiales”— xalapeños, marcharon pidiendo: no más sangre, no más balas, no más muertos. “¡Estamos hasta la madre!” fue la consigna que abanderó esta marcha, a las otras cuarenta que se hicieron en el mismo número de ciudades a lo largo de la República y a otras tantas, que se hicieron en varias ciudades del mundo, pues lo que pasa en México preocupa al ámbito internacional.

Ninguna frase podría describir mejor el hartazgo que la sociedad está viviendo ¡Estamos hasta la madre! Colmados, hartos, saturados ya de violencia y de inseguridad; pero también de otras muchas cosas: de la desidia de nuestra clase política, de su absurda obsesión del poder por el poder y de que, en su estúpida carrera por obtenerlo, siempre nos acabe llevando entre las patas. Estamos aburridos ya de su falta de compromiso con la democracia, con el pueblo que los elige, hartos ya de esta nueva clase social que sobrenada en la sociedad como una nueva “nobleza”, que “ni nos ve ni nos oye” pero bien que nos jode. Estamos cansados de los políticos de siempre, que añoran el poder que perdieron pero que sólo lo quieren recuperar para seguir beneficiándose de él; de los que llegaron anunciando el cambio y que, a la postre, se convirtieron en lo mismo que criticaban; de los “caudillos”, rencorosos y obsesionados que regurgitan el mismo discurso de resentimiento y descalificación todos los días. Estamos hastiados ya de la clase empresarial, que mentira que creé empleos y arriesgue su capital por el bien del país, porque sólo ve un signo de pesos en cada mexicano y porque cada vez que puede evade impuestos, soborna a una autoridad para obtener contratos, o se alía con nuestra clase política para seguir teniéndonos con el pie en el cogote. Estamos hasta la madre de muchas cosas, de todo y de todos… hasta de nosotros mismos.

Por eso el sentimiento de impotencia es mayor, porque estamos hartos de nuestra blandenguez, de nuestra falta de participación, de nuestra apatía, de nuestra flojera, de nuestra indiferencia. Comentamos entre nosotros, platicamos con nuestra familia, discutimos en los cafés o debatimos en las escuelas lo que nos está pasando, lo que estamos padeciendo, lo que le está ocurriendo al país pero, al final, no hacemos nada. Por eso nuestra desesperación se acumula, por eso nuestra percepción de que nos está llevando la trampa es un síntoma de nuestros tiempos, un síndrome que nos condena a padecer, padecer y padecer hasta el grado de decir “¡Estamos hasta la madre!”

Pues bien, ya nos dimos cuenta, ya identificamos el problema, ya nos diagnosticamos y ya entendimos que sí, es cierto, ni cómo negarlo, lo que nos pasa es claro y contundente: ya estamos hasta la madre, ya tocamos fondo. Ahora contestémonos con honestidad la siguiente pregunta: ¿Qué vamos a hacer para remediarlo?

Podemos optar por seguir rumiando nuestro hartazgo, por seguir quejándonos, por continuar en esta misma dinámica de saber qué es lo que pasa y a quien echarle la culpa, pero de no asumir la parte que nos corresponde o, con valor civil, admitir que somos parte del problema.

Y la cosa no es salir, ante la incompetencia del gobierno, a batirse a balazos con los delincuentes, ni tampoco, como dicen algunos anarquistas trasnochados, ponerse a conspirar para hacer una revolución. La cosa es más sencilla, pero no por fácil menos complicada.

Trabajar todos los días, sin escamotearle tiempo al reloj checador ni robarse nada; estudiar, sin hacernos tarugos solos copiando; no tirar basura en las calles —quien no respeta el lugar donde vive no respetará nada más—; no infringir ni el Reglamento de Tránsito —que en lo poco se ve lo mucho, dice el refrán—, ayudar a nuestros viejos, educar a nuestros niños, cuidar a nuestras mujeres, ver por los discapacitados y ayudar a los que padecen una desgracia. Votar, exigir cuentas, no ser apáticos con los procesos políticos y, si alguien nos falló, no votar otra vez como borregos por su partido. Comprender nuestro valor como personas, respetarnos y respetar otras ideas, otras creencias y entender que las diferencias, físicas, sexuales o culturales, son virtudes de la diversidad humana. Pagar impuestos —el que paga manda—, barrer el frente de nuestra casa y mantener su fachada limpia —quien cuida su casa cuida la ajena—, saludar, estudiar, leer, sonreír, tolerar, entender, respetar. Pero sobre todo, creer que lo que uno hace bien, aunque parezca poco, sí hace la diferencia. Si no me creen vean que, para “estar hasta la madre” o “estar a toda madre”, sólo hay dos pequeñas palabritas que cambiar.