México, el país de los elegidos

México, el país de los elegidos

Mi ciudad está hecha un autentico desgarriate; hay basura por todos lados, ambulantes apoderándose de las calles, un tráfico del demonio, etcétera, y, sin embargo, me sorprende que todos sigamos viviendo como si no pasara nada; esto me puso a reflexionar en que los mexicanos debemos ser una raza especial que lo aguanta todo y me llevó a hacer una teoría al respecto que me permitiré, a continuación, compartir con ustedes estimados lectores.

Cuando los dioses aztecas ordenaron que la gran Tenochtitlán se fundara en un islote, nos marcaron eternamente con la virtud de los mártires felices. Ningún dios en su sano juicio hubiera querido que sus adoradores, por su necedad de mandarlos a vivir a un pantano, trajeran las patas llenas de sabañones; a menos, claro está, que los hubiera provisto con la formidable habilidad de adaptarse a las peores circunstancias y con la fecundidad necesaria para reproducirse como conejos. Los mexicanos fuimos dotados, además, de una paciencia estoica —tanta que casi es hueva terminal—, con un estómago a prueba de vidrio molido y con una inventiva acomodaticia que funciona bajo una ley simple: la del menor esfuerzo.

Cuando llegaron los españoles y vieron que aquí había oro de a montón, decidieron exterminarnos para quedarse con él. Los mexicanos entonces, para sobrevivir, nos convertimos al cristianismo —nadie mata a un hermano—, les dimos hermanas para que cohabitaran con ellas —mucho menos a un cuñado alcahuete—, los dejamos destruir nuestras pirámides y les ayudamos a construir  sus iglesias —ni se deshace de un ‘chalán’ que no cobra— y hasta fingimos confundirlos con dioses —ni nadie, tampoco, exterminaría a sus ‘fans’—.

Estas características nativas se fusionaron maravillosamente con las de los conquistadores, creando así una raza elegida que sobrevivirá, cuando esta civilización acabe, comiéndose a las cucarachas, que serán los únicos animales que quedarán.

Los españoles, por cierto, vinieron de Europa pero no se parecían —dirían ellos— ‘una coña’ a los europeos, pues no eran metódicos como los alemanes, ni mesurados como los ingleses, ni creativos como los franceses, ni emprendedores como los portugueses; es decir, ¡nos vino a caer lo más infame del Viejo Mundo!

Sesudos estudios han demostrado que si hemos sido capaces de sobrevivir a 70 años de PRI, a 6 de Fox y los que llevamos de Calderón, nada ni nadie nos podrá destruir.

Las devaluaciones nos la persignan y la inflación nos pela los dientes; es más, cuando se puso muy espesa sacamos la tijera y le mochamos tres ceros a los billetes; al rato ya andábamos bien contentos diciendo: “¡‘Ira’ (del verbo ‘Irar’: Mirar) igualito que en los tiempos de ‘Tata’ Cárdenas: a tres pesos el dólar!”. La agricultura nacional no existe y nos vale gorro, pues el PROCAMPO está funcionando muy bien… para alentar la siembra de mariguana y amapola. Nomás vendiendo la cosecha compramos frijoles brasileños y, ¿quién dijo hambre?

Así pues, la debacle económica, propiciada por la recesión financiera mundial, la asimilamos con la admirable imperturbabilidad adquirida a base de acostumbrarnos a los manazos en la nuca, que nos daban cada seis años —a veces antes— los gobiernos de la Revolución. La contaminación ni nos perjudica ni nos beneficia sino todo lo contrario; por eso nuestros antepasados hacían ciudades sin drenajes y cuando ya de plano no aguantaban el mosquerío se iban a otra parte. Nosotros evolucionamos, se los ponemos, mandamos nuestras execrencias al mar y luego nos vamos a zambullir en ellas durante las vacaciones. Por eso aquella contingencia sanitaria por la influenza nos vino guanga,  porque nuestros organismos están acostumbrados a sobrevivir en ciudades llenas de smog, de basura y de caca de perro; comemos tortillas fritas rellenas de carne de quién sabe qué animal engordado con Clembuterol y nos las bajamos con “Coca-cola Zero” y ni de los riñones nos enfermamos.

Todo se nos resbala, si se abre un hoyo enorme en nuestra calle, porque el ayuntamiento autorizó el fraccionamiento encima de una cueva, lo ocupamos para echar la basura; si se inunda la colonia nos subimos a la azotea a acampar, y si alguien nos vende un terreno en un cerro lo compramos y nos imaginamos en él una casa con mirador y hamaca, para echarnos en ella a tomar “chelas” bien frías.

Si se matan entre los narcos, que se maten pero que no tiren pa’ acá; si secuestran a alguien, ¿quién le manda a tener dinero y andar provocando envidias? Si los partidos políticos se roban la democracia y el dinero que nos cuesta, que se los metan por las… urnas, al fin y al cabo los que se van a refundir en el infierno serán ellos.

Si nos secuestran un avión hacemos operativos de rescate tipo “Los Tres Chiflados” y nos divertimos como enanos viéndolos. Si un expresidente orejón nos tiene manipulados y quiere imponernos para el otro sexenio a Jimmy Neutrón y a la Gaviota —que, lero lero, ya se la besuqueó el Juan Reyes—, que con su pan se lo coma, al fin que bien que nos burlamos de él y hasta mascaritas hacemos de su jeta.

Si vienen más impuestos, que vengan, nos vamos de ambulantes o nos declaramos insolventes y cuál es la flatulencia; que la señora Gordillo no sabe que no es AHLNL el nombre del virus que causa los brotes epíteto-cómicos, epidemiológicos o como sea que se diga, que no lo sepa, para eso se graduó de maestra y de líder sindical, para no tener que andar demostrándole sus conocimientos a nadie.

Y si se cae el cielo, que se caiga… ¡Ay cabrón! ¿A poco el cielo se puede caer?... Bueno, si se cae nos vamos a… ¡Qué se va a caer, hombre chingao! ¡Salud por la Estela de Luz del bicentenario!

Alejandro Hernández y Hernández
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