Mi ciudad está, según un ilustre masón —lean bien, puse masón— a punto de ser una ciudad llena de psicóticos por culpa del caos vial que padecemos y que nadie, por lo que se ve —o por lo que no se ve—, tiene la intención de componer. Esa es la causa de que el lenguaje florido sea parte de la retórica diaria que se escucha entre los xalapeños. Maldiciones y mentadas de madre son el pan nuestro de cada día y a cual más las dice y las regala a sus semejantes, sin embargo, no a todos se nos oyen igual y, aunque no lo crean, hay unas maneras más educadas que otras de mandar a la fregada a alguien.
A mí, modestia aparte, la clase me viene de no sé dónde; mi padre fue ranchero, diplomático y respetuoso como pocos pero ranchero al fin; no cursé carrera universitaria alguna —si decepciono a alguien lo siento— y el más encumbrado miembro de mi familia si acaso se ha rozado con la “nobleza” es porque un día se coló a una fiesta de los Rotarios, aprovechando que había rentado un traje para una boda que se suspendió porque el novio no llegó, y porque no quiso desperdiciar los quinientos pesos que ya había gastado.
A pesar de eso no me gusta mucho maldecir, odio mentarle la madre a alguien, por mucho que a veces pudiera estar justificado, y jamás, lo juro, le he dicho mamacita a ninguna dama en la calle. No estoy, sin embargo, en contra de desahogar de cuando en cuando el estrés con una buena y liberadora maldición. Esto porque no creo que exista nadie, en su sano juicio, que pueda vivir sin liberar las tensiones maldiciendo —a algo o a alguien—; empero, creo, esta práctica no debería ser una cosa tan vulgar y corriente como hoy lo es. Alguna vez, platicando con algunos amigos intelectuales que me honran con su amistad, se me ha ocurrido proponerles la formación de la Academia Mexicana de la Fina Maldición. Es decir, proclives como somos los mexicanos a maldecir y mentar madres a la menor provocación, esta instancia se encargaría de transformar los léperos recordatorios familiares, rutinarios y vulgares, en finas, educadas y, por qué no, hasta en poéticas maldiciones, que si bien ya no se oirían tan agresivas sí conservarían su esencia liberadora e insultante. Doy algunos ejemplos a continuación.
Empecemos con una que es un clásico: la mentada de madre. El ofensivo “Vas y ch$% a tu madre”, de tan mal gusto y pésimo oír, cambiaría totalmente si lo convertimos en un “Ocurre hasta donde tu progenitora y hazme el favor de expresarle mis más sentidas e insultantes blasfemias”. Qué diferencia, así hasta del mejor humor llegaría uno con su madre para decirle: Oye mamá, un señor muy educado me ha mandado a maldecirte”. El muy juvenil “No mames buey” —o “wey”, como se intuye que debe ser por la torcida de boca que hacen los jóvenes cuando lo dicen—, bien podría ser sustituido por un “No succiones mi estimado émulo de rumiante”, se oye menos escatológico y evidenciaría la admirable formación académica del maldiciente. Intentemos ahora hacer de una blasfemia algo poético utilizando un fragmento de una obra de Shakespeare. Algo como: “Ni estando pedo haría una pend%#& así; estás como perdido”, podría ser cambiado por lo siguiente: “…un desafuero interno me impide realizar aquello que me pedís, quizá en otra ocasión hombre desventurado”. ¿A poco no así da hasta gusto maldecir y contestar maldiciones?
Esto podrá parecerles hasta necio —mamón, en lenguaje popular—, pero encierra una gran enseñanza, pues pocas veces les damos a las palabras la importancia que tienen; maldecir o mentarle la madre a alguien es una práctica tan común que ya nadie se espanta, ni por decirlo ni por oírlo, sin embargo, el subconsciente registra perfectamente el peso específico del insulto y de las palabras y los asimila con la pureza de la intención que manifiestan
Por eso yo digo que así como no hay que jurar en vano, tampoco en vano hay que maldecir y, si ya no queda de otra, hay que tratar de hacerlo con clase, pues a veces se ve más patán el que insulta que el que merece el insulto. Además, por una simple ley de correspondencia, en el modo en que uno insulte es en el modo en que uno será insultado, y si alguien ya de plano le va a decir a uno que es un pinche baboso, mejor que le digan que es un ayudante de cocinero un tanto resbaladizo. ¿O usted qué opina, querido lector?
Alejandro Hernández y Hernández
Comentarios, sugerencias o reclamos: Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.
