De botones y otras chucherías

De botones y otras chucherías

 

Mi ciudad, ante la falta de industrias y el exceso de burócratas está llena de comercios. Tiendotas, tienditas y tendajones —hoy pomposamente llamadas Pymes—, con la más diversa mercancía, llenan las calles de Xalapa; lamentablemente no todas son bien atendidas.

 

Muchas veces me he preguntado por qué necesitando tanto de un empleo seguro, la mayoría de las personas no le ponen la atención necesaria a lo que hacen. Lo anterior surge a raíz de algunos encuentros desafortunados con empleados de mostrador, que pese a ser sólo eso, tienen la enorme responsabilidad de ser la cara de una empresa; cosa que, ni ellos ni el patrón que los contrató, saben. Para efectos del tema les contaré una, llamémosle anécdota mercantil, que ilustrará esto que les digo.

Sucede que un día mi mujer, que habiéndose comprado un saco en una tienda departamental y habiéndosele perdido a éste un botón, me mandó, bueno, no me mandó, me sugirió que cuando fuera al centro le comprara el botón faltante. Fui pues a una mercería —que es el lugar donde se venden botones y no mercedes como lo pensaba en mi infancia primera—. Me metí en una que está enfrente del mercado “Jáuregui”, llegué a un mostrador lleno de cualquier cantidad de cachivaches y me dirigí a un grupo de empleadas que, animadamente, charlaban del novio de una de ellas —según lo que alcancé a oír se llamaba Juan y le decían el “Cachuchas”—.

Les pedí —en el tono de los que mandan a las mercerías a comprar botones en contra de su voluntad— uno como el que llevaba de muestra; ellas —cinco adolescentes— me miraron dubitativamente, examinaron cada uno de mis rasgos, que de seguro no tenían nada que ver con la fisonomía de los que todos los días entran en esos establecimientos a comprar botones, y hasta después de unos —muchos— segundos una se desprendió del grupo; recelosa miró el botón que, enhiesto, yo le enseñaba, lo vio con aire experto y me dijo con sapiencia casi suprahumana: “No joven, “d´esos” no hay… ¿Algo más?” Me cayó regorda, pero me sobrepuse y le dije que me diera algunos que se le parecieran —pensando con eficacia que sería más fácil, ante la imposibilidad de encontrar uno cuyos orígenes se habrían perdido en la descontinuación del modelo, cambiar todos los botones del saco—. La empleada fue a donde antes platicaba del “Cachuchas” y murmuró algo con las otras; una de ellas, con una sonrisilla sardónica, le señaló una caja llena con algo así como mil quinientos botones de tamaños, colores, materiales y formas diferentes. En ese momento vi venir el ofrecimiento más miserable que alguien me hubiera hecho en mi vida: “Pues mire joven, vea en esa caja si hay alguno que le sirva.”

Media hora después, ante la mirada de una señora de edad avanzada, chaparrita, que escogía listones de colores mientras me echaba unas miradas que parecían decirme “tan grandote y tan mandilón”, encontré un juego de botones que podrían sustituir a los originales. Aburrido, le dije a la empleada que me cobrara. Ella, de mala gana, me dio un trozo de papel de estraza garrapateado con algo que parecía decir: “Cuatro botones modelo imperial, $8.00”. Luego me dijo: “tenga joven, pague en caja”, y me señaló una esquina del mismo mostrador que, circundada de cristal, formaba un cubículo y que tenía un letrerito descolorido que decía: “Caja”. Me paré enfrente —no había nadie— y le dije a la empleada lo que vi: “¡No hay nadie!” Entonces ella misma, que ya no estaba haciendo nada, vino y me cobró, me dio un ticket, dos pesos de cambio y me dijo, señalándome otro extremo del mismo mostrador: “Allá le entregan su mercancía, joven.” Casi maravillado de tan portentoso sistema de ventas caminé los cuatro pasos que me separaban de otro letrerito, igual de descolorido que el anterior, y que decía: “Entrega de mercancía.” Ahí, minutos después, la misma empleada me entregó los imperiales botones envueltos en un original e interesante pedazo de papel periódico y, con la más hipócrita de las sonrisas, me dijo: “Gracias por su compra, joven, ¿encontró lo que buscaba?” No le contesté, nomás me salí admirando la inteligencia de la gente que prefiere escoger ropa que cierra con “Velcro” y no con botones.

Dejando de lado que los dichosos botones ni le gustaron a mi mujer, me quedó con la reflexión de que lo que me pasó en la mercería sucede todos los días en hoteles, restaurantes, aerolíneas, terminales de autobuses, centros turísticos y todo tipo de empresas y dependencias mexicanas que brindan atención al público; lo cual, desde luego, nos coloca en desventaja ante empresas trasnacionales y países que sí establecen mecanismos de productividad, eficacia y calidad. Algo, señores comerciantes y prestadores de servicios, tienen que hacer al respecto.

Ya después, cuando haya oportunidad, les contaré de la vez que me mandaron a buscar chaquiras ovaladas color “como bronce tirándole a doradito”, lo cual es aún más difícil que comprar botones.

Alejandro Hernández y Hernández

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