Conozca a su candidato a diputado

Conozca a su candidato a diputado

 

Mi ciudad, en los días venideros, verá como los aspirantes a diputados federales se deshacen en promesas y zalamerías con tal de obtener el valioso voto de los ciudadanos. Esto ha motivado a hacerme la siguiente reflexión.

Desde que tuve uso de mis facultades ciudadanas, es decir, desde mis dieciocho años de edad, mis decisiones como votante han sido un error tras otro; eso lo infiero por las acciones tan poco afortunadas que mis elegidos han cometido durante sus cargos, eso por no llamarlas tarugadas, sobre todo en lo que a diputados se refiere.

Entendiendo la parte de responsabilidad que me toca, he concluido que por no conocer quiénes —o qué— eran los candidatos que elegí, es que me he visto tan decepcionado de la política y de sus protagonistas. Por esa razón en las próximas elecciones federales me he propuesto una misión cuasi imposible: conocer escrupulosamente a quienes serán mis diputados. Estoy decidido a saber todo de ese hombre, o mujer, que velará por mis intereses incondicionalmente en la palestra legislativa nacional y que será depositario de mi valiosísimo voto.

Esto me plantea, de entrada, varias complicaciones. Dando por hecho que no elegiré sino al hombre —o mujer— ideal y que los colores partidistas no me conmoverán, como lo han hecho en el pasado, me queda un abanico amplísimo para escoger, pues en la política es sabido que hay “caballada flaca” y que hay “caballo negro”, y que “el que se mueve no sale en la foto”, por lo que el que ahora parece el “bueno” mañana será el que menos figure y yo, empeñado como estoy en no llegar con los ojos cerrados a las urnas, deberé analizar todas las variantes esquemáticas para hacer una buena elección. Una vez hecho todo eso sólo faltará un pequeño detallito: que el que yo escoja gane.

¿Pero, por qué este apremio por conocer al que será mi representante? Pues porque he llegado a la conclusión de que si los mexicanos estamos tan mal es por nuestra apatía por la política. En mi vida sólo he cruzado palabra con un diputado de mi distrito; éste era doctor y nuestro dialogo, cordialísimo por cierto, se desarrolló en los siguientes términos:

— Compermisito, compermisito… voy por ahí. —Me dijo él mientras miraba el número de asiento en su boleto.

— Pase usted —le dije yo. Luego, brincó encima de mis piernas, se acomodó en su asiento y se durmió como un bendito hasta que el autobús, en el que ambos íbamos al DF, tocó tierra en la terminal chilanga. Tenía el sueño tan pesado que nunca hubo oportunidad de comentarle de los graves problemas sociales de nuestro distrito. Esto me dejó un resentimiento histórico, pues si observamos la situación con detenimiento conviví cinco horas con mi diputado y lo único que le vi hacer fue dormir. Aunque si hubiera presenciado su desempeño en la Cámara también lo hubiera visto dormido pues nunca, en lo que duró en el cargo, “dio golpe”.

En otra ocasión fui a la comparecencia de un secretario de Seguridad Pública —en una época de mujeres descuartizadas, aparecidas en canales de aguas negras envueltas en “maquinofs” de policías—, ahí mis diputados locales le cuestionaron “valientemente” su desempeño con preguntas perspicacísimas. Que cualquier chamaco de primaria hubiera podido hacer.

Uno inquirió, poniendo cara de que no creía lo que el compareciente informaba: Diga por qué asegura que encontrar señoras decapitadas en despoblado, no es una señal de que los índices delincuenciales están aumentando.

— Si hubiera leído el párrafo veintisiete, del apartado catorce, del capítulo dos del informe que entregué hace quince días, lo sabría —contestó secamente el aludido.
— Gracias señor secretario, me queda claro. Es cuanto, ciudadano presidente del Congreso. Dijo como toda respuesta mi diputado, y no volvió a alzar la mano hasta que pidió permiso para ir al baño.

Lo ahí visto me hace recapitular en lo que dije líneas arriba y concluir que si los mexicanos estamos tan mal no es por nuestro desinterés político, sino por escoger, cuando votamos, a gente que está tan preparada para representarnos como nosotros lo estamos para representarlos a ellos.

Luego de lo anterior, creo, les quedará claro el porqué de mi inquietud en tales cuestiones. Lo interesante será saber, dentro de algunos años, si esto fue útil para mí, para mi distrito, para el futuro de la Nación o, ya de perdida, para el del diputado que me representó.

Alejandro Hernández y Hernández
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