Las cartas de amor se escriben
empezando sin saber lo
que se va a decir y se terminan
sin saber lo que se ha dicho.
Jean Jacques Rousseau (1712-1778) Filósofo francés.
M ciudad, como todas las del país, celebró, muy discretamente cabe aclarar, el Día del Cartero. Estos servidores públicos que vivieron épocas en donde fueron considerados héroes hoy, lamentablemente, parecen destinados a la extinción, ellos, el servicio postal y los buzones.
Los buzones son artilugios que han perdido su magia. Hoy en día son vejigas metálicas que lo único que contienen, de cuando en cuando, son vulgares cuentas por pagar y avisos de desahucio.
Pero no siempre fue así, hubo días luminosos para estos contenedores de correspondencia. Cuando la modernidad no traía a nuestras vidas el E-mail, las redes sociales ni el Internet, la gente se escribía cartas. Eran ellas escritos llenos de esperanzas, amor, noticias buenas y malas, reclamos tal vez, pero personalizados y con el sello humano que sólo tiene la palabra escrita de puño y letra. La gente se escribía cosas, se mandaba postales de sus viajes, se acostumbraban las cartas de consuelo cuando alguien moría y se estilaba enamorarse escribiendo versos y párrafos de otras cartas de enamorados, a veces hasta de canciones. Las cartas, entonces, cantaban.Y en navidad las personas se mandaban tarjetas navideñas y escribían en ellas lo mejor que tenían dentro de sus corazones. Los carteros, que entonces eran serios y usaban corbata y quepí —a nadie se le había ocurrido aún ningunearlos con un uniforme tan rosado y tan verde limón como ahora—, eran personajes importantes y queridos por la comunidad. Eran esperados por las madres con hijos ausentes, por las novias, por los hermanos y, desafortunadamente para los pobres empleados postales, también por sus enemigos naturales: los perros.
Que las personas se tomaran el tiempo para escribirse unas a otras era tan humano y tan cálido que hasta el tiempo corría más despacio, a ritmo de servicio postal. Una felicitación por un cumpleaños era recibida por el cumpleañero un mes después de la fecha; la carta de aviso de que un familiar llegaba de visita, acusaba recibo semanas después de que el visitante había llegado, había estado y se había ido ya; el mensaje de una defunción también llegaba tarde, pero eso era lo que menos importaba porque a nadie, a no ser por algunas tribus de Emos que se juntan en algunas tristes esquinas, le gusta enterarse rápido de la muerte de alguien.
Hoy ya pocos escriben cartas, nadie se manda postales, nadie envía tarjetas de navidad; quizá algunos sí se siguen escribiendo, pero en artificios electrónicos que no tienen la calidez de la mano que escribe una línea de tinta en un papel. Antes, recibir una carta era una experiencia hermosa, hoy recibir E-mails con cadenas, publicidad y hasta pornografía, es una circunstancia que sólo sirve para activar el botón de Spam.
El mundo se mueve rápido, demasiado tal vez y hoy en día no bien acaba de suspirar un enamorado por su amada —o como sea que se llamen ahora—, ésta ya recibió un Twitter que se lo dice; amoroso tal vez, pero abierto para que todo el mundo se entere de lo que sólo deberían enterarse los que se quieren en la intimidad del secreto, que no es protagonista ni argüendero y por eso mismo es más perseverante y duradero.
Y a mí, hablando de cartas y estas cosas, se me ocurre una cosa aprovechando que viene el fin de año: ¿Por qué no nos tomamos el tiempo de mandar, como antes, una tarjeta de navidad escrita con nuestra propia mano a quienes queremos? ¿No sería eso una verdadera revolución afectiva?, ¿no le llenaríamos el alma durante días a quienes las recibieran?, ¿no nos sentiríamos verdaderamente especiales por saber que nuestras palabras son leídas por muchos, mientras adornan el árbol de navidad de alguien?, ¿no tendría un poco más de sentido, entonces, la ahora corrompida y comercializada navidad?
Estamos a tiempo de ir a comprar un rollito de tarjetas navideñas —espero que aún las vendan en alguna parte— y de llenarlas de alguna frase, que surja verdaderamente de ese sitio que ya casi no se usa para querer y que casi siempre tiene bonita letra: el corazón.
Alejandro Hernández y Hernández
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