¿Por qué esta magnífica tecnología científica,
que ahorra trabajo y nos hace la vida más fácil
nos aporta tan poca felicidad? La respuesta es
esta, simplemente: porque aún no hemos
aprendido a usarla con tino.
Albert Einstein
Mi ciudad no es ajena a la modernidad de los tiempos ni al avance de las comunicaciones humanas; la velocidad de este mundo se mide, ya no en kilómetros por hora, sino en kilobytes por segundo.
El mundo que conocimos quienes ahora tenemos más de cuarenta años, en el ámbito de la comunicación humana, está a punto de desaparecer. Los adelantos tecnológicos se han sucedido en una cascada violentísima y nos han llevado, del teléfono de disco al dispositivo celular 4G; del telegrama al E-mail; del E-mail al Twitter; y de la PC de escritorio al Ipad, a una velocidad vertiginosa. La tercera parte de la población mundial ya es “internauta” y la revolución digital crece veloz, casi más que cualquier intento que hagamos por alcanzarla.
Nicholas Carr, autor del libro Superficiales. ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?, nos advierte: “El Internet está erosionando la capacidad de controlar nuestros pensamientos y de pensar de forma autónoma.” Sí, yo también dije lo mismo que ustedes, queridos lectores: Ah chinga, chinga, ¿a ver cómo está eso?
Dice este investigador que, contrario a lo que muchos piensan —que el Internet nos hace más hábiles para manejar información—, en realidad estamos perdiendo capacidades en ese aspecto, o si no, las estamos modificando para poder manejar la inmediatez de tanta información como es la que nos llega por la Red. Él, en particular, dice que su capacidad para concentrarse en textos largos —como los de un libro— se ha visto afectada porque su acercamiento con las redes sociales le han hecho concentrar sus esfuerzos en mucha información con pocas palabras —sonó como a Lolita Ayala, ¿verdad?—. Y abunda: “Una oda al tipo de pensamiento que encarna el libro y una llamada de atención respecto a lo que está en juego: el pensamiento lineal, profundo, que incita al pensamiento creativo y que no necesariamente tiene un fin utilitario. La multitarea, instigada por el uso de Internet, nos aleja de formas de pensamiento que requieren reflexión y contemplación, nos convierte en seres más eficientes procesando información pero menos capaces para profundizar en esa información y al hacerlo no solo nos deshumanizan un poco sino que nos uniformizan.”
Su teoría tiene mucho de razón, es decir, en el siglo XVI un monje copista era un “personajazo” en su comunidad, tanto como lo debe haber sido un tallador de roca entre los pueblos prehispánicos, sin embargo, estos insignes actores frente a la producción en masa de libros, gracias al invento de la imprenta, habrían pasado a ser del montón si hubiesen vivido cuando Gutenberg se le ocurrió tal maravilla. Del mismo modo está ocurriendo ahora con el Facebook o el Twitter, todos somos parte de la masa anónima que los sabe usar y que está pendiente de lo que en estos sitios virtuales ocurre. La gente en 140 caracteres plasma su vida, sus planes futuros, sus pensamientos y hasta sus necesidades más escatológicas. “Ahora vengo…” —escriben algunos— “… voy al baño.”
Entonces, ¿hay que dejar de “twittear”, dejar de “subir” fotos y pensamientos al Facebook, o dejar de checar las páginas Web, para encontrar la “normalidad” otra vez?
No lo sé, pero esto es lo que yo creo: el Internet parece provocarnos a buscar la inmediatez y la brevedad y nos contrapone con la concentración mental unilateral. Habrá que entender que existen diferentes formas de pensamiento y que el Internet estimula la multitarea y promueve menos la concentración. Cuando se abre un libro se aísla uno de todo porque hay que entender lo que éste dice únicamente. Cuando se enciende la computadora, Ipad o el celular, nos llegan mensajes por todas partes; el secreto, entonces, parece ser concatenar, en tiempos diferentes y equitativos, ambas actividades para no perder las habilidades de concentración a largo plazo. O, ¿usted qué opina querido lector?
Alejandro Hernández y Hernández
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