Mi ciudad es, dicen algunos, una ciudad moderna, una ciudad en donde ya no se ven papalotes en el cielo, carretones de baleros en las calles y, por poco, niños jugando futbol en ellas.
Cuando yo era niño —en una época en donde era más difícil tener y comprar cosas— el tiempo se medía según el juguete. Es decir, a veces era tiempo de canicas y a veces de trompo; a veces de papalotes, de balero o de atrapar mariposas —que en junio, pasaban por miles enfrente de mi casa—; o de yo-yo, o de canicas otra vez.
Hoy ya no hay tiempos de esos. Mis sobrinos van a cualquier parte cargando un artilugio electrónico gris, lo conectan en cualquier televisión —aun y cuando haya alguien viéndola— y se enfrascan en batallas perdidas en contra del cerebrillo digital, ése que nunca pierde.
Nunca supe, volviendo al tema, quién decidía cuándo era tiempo de qué. De repente alguien llegaba a la escuela con un brillante balero de colores y todos queríamos uno igual —o mejor— ¿Dónde lo compraste? Era la pregunta obligada.
Y los mercados se llenaban de baleros pintados de todos los colores o, para los más conservadores, brillantemente barnizados en el tono natural de la madera de que estuvieran hechos. Y nunca nadie sabía por qué, ésa, era temporada de baleros.
Y nadie lo sabrá nunca. Porque dudo mucho que los “puesteros” de los mercados me digan, ahora, si antes se reunían en asamblea secreta para decidir qué o cuál juguete, estaría a la alza en tal o cuál temporada; o que algún magnate corporativo (y carpintero además) planeara campañas para elevar las ventas de baleros.
Y lo mismo pasaba con los trompos. De un día para otro el balero quedaba arrumbado y los campeones de “21” (competencia en la cual, cada lance del balero tiene un puntaje y se trata de completar veintiuno; y que una vez acumulados veinte puntos, gana quien hace la suerte más difícil, que consiste en girar el balero sobre ambos lados del brazo que lo sostiene y ensartarlo en una única oportunidad y que sólo vale un punto) quedaban sepultados en el olvido y bajo la fama, portentosa, de los que bailaban el trompo en una uña.
En aquel entonces la palabra “vago” tenía otra acepción: hábil. Era muy “vago” el que juntaba más trompos en la rueda de los “racos” (suerte que consistía en bailar el trompo, levantarlo girando y dejarlo caer sobre el del contrincante). Se pintaba un círculo y se ponía, por turnos, el trompo de cada quien para que el rival tratara de sacarlo; si lo conseguía se quedaba con él. Llegué a juntar doce en una temporada. Sin que mi madre supiera —por supuesto—, pues ella no entendía que “vago” era hábil y no vago, en el más perdulario sentido del concepto.
Las canicas eran otro cantar. Las bolsas rotas de los pantalones hablaban de la “vaguez” (habilidad) del propietario para jugarlas. Entre más “vago”, más canicas; entre más canicas más bolsillos rotos. Eran matemáticas simples las del aquel entonces.
Se podía jugar “boa”, que consistía en poner una cantidad de canicas, determinada de antemano —como la “entrada” del póquer—, en un círculo trazado en la tierra y tirar por turnos para sacarlas, si se quedaba el tiro de uno enmedio, perdía el juego y las canicas que hubiera sacado.
Estaba también el “tirito”, que era una competencia entre dos o más jugadores. Simple, pero con la misma feroz esencia de un duelo con pistolas. Ganaba quien le atinara a la canica del rival aunque éste, no estaba obligado —según los cánones del buen jugador— a pagar con su “tiro”, que era la canica con la que jugaba, sino con otra que él decidiera. Casi siempre se decidía por una “agüita” que, decían todos, eran las más baratas y feas —aunque, en secreto les confesaré, si las miran muy de cerca, como si fuera lente de relojero, se puede descubrir un profundo océano en ellas—. Por eso no me importaba ganar “ponches” (canicas lechosas de colores), ni “tréboles”, que eran como las “agüitas”, pero con una flama de colores en medio; ni toninas (agüitas o tréboles, pero tres o cuatro veces más grandes y que no servían para tirar porque no cabían entre los dedos); sólo “agüitas”.
La jerigonza que el juego de las canicas tenía, era todo un tratado de conjuros que se podían ocupar para hacerle más difícil el tiro al contrincante.
“¡Altas a tu rodilla!”: se decía antes de que el otro tirara y lo obligaba a hacerlo desde la altura que sus rodillas tuvieran (convenía ser chaparro); “¡atrás de tu panocha!”: significaba —sin albur— que no había que tomar distancia de más; “¡chispón perdonado!”: anulaba un intento de tiro defectuoso —casi siempre provocador de un minuto de burlas y risas—. Y así, como éstas, mil más.
Aunque todas se invalidaban, si uno atinaba a decir antes que el otro: “¡No al por todo buey!”, que es una frase sin una correcta construcción sintáctica, pero muy efectiva para maniatar al rival.
La vida entonces, desde luego, era más tranquila en Xalapa. Había chipi-chipi, “robachicos”, vacaciones de verano que parecían durar años, excursiones al río Sedeño, que eran verdaderas aventuras legendarias; escuelas que quedaban lejísimos, carnaval en cuaresma y cuentos de terror en noviembre, plagados de momias de Guanajuato.
Nunca como entonces, la frase “Lo importante es el juego, no el juguete” fue más irrefutable.
Alejandro Hernández y Hernández
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