Mi ciudad tiene las mujeres más hermosas del país, o bueno, quizá no las más bonitas pero sí las más simpáticas, en cambio, por sus calles transitan los más feos ejemplares del género masculino; o al menos eso decía mi abuela, que como era medio española pensaba que todos los hombres nacionales eran feos, todos menos mi abuelo porque, aseguraba ella, era la excepción que confirmaba la regla.
Aunque, si nos remitimos a ciertos estudios que circulan por ahí, ser feo no está tan mal. Veamos por qué. Antes se creía que la mayoría de los hombres feos tenían una desventaja permanente ante sus colegas de género más agraciados. Hoy se ha descubierto que no es así. Es decir, y ustedes queridas lectoras no me dejarán mentir, es innegable que habemos más feos que guapos en el mundo y, sin embargo, todos los feos conseguimos una compañera, para envidia de los que presumen de guapos, bastante bonita siempre.
Pero, ¿qué ven las mujeres hermosas en un hombre feo?, porque ejemplos de estas relaciones tipo la bella y la bestia hay muchos, Salma Hayek y Francois-Henri Pinault; Jennifer López y Marc Antony; Mia Farrow —en sus buenos tiempos— y Woody Allen; etcétera. Los más ordinarios, entre ellos muchos que se la dan de galanes, dirán la clásica frase: “es que verbo mata carita”; algún otro dirá que si verbo mata carita la billetera mata todo y que por eso las bonitas están con los feos; sin embargo, señoras y señores, la explicación es menos simplista que eso, el secreto no está en lo que se dice sino en lo que se hace.
Lo que se forja durante y después de las relaciones sexuales por supuesto cuenta, pero no nos metamos en honduras, aboquémonos en lo psicológico que al fin y al cabo eso revela también lo que pasa con los cuerpos. La explicación de por qué las guapas se juntan con feos es, simple y llanamente, porque así las parejas funcionan mejor.
James McNulty, un psicólogo especialista en relaciones maritales e investigador de la Universidad de Tennessee, EE. UU., decidió dar un paso adelante con respecto a los estudios que demuestran que los rasgos físicos son determinantes en la etapa de seducción, estudiando el papel de la belleza en las relaciones consolidadas. Para ello reclutó a 82 parejas que habían contraído matrimonio en los últimos seis meses, y que antes de eso habían estado juntas al menos tres años. A las mujeres las clasificó según la belleza de sus rostros en una escala del 1 al 10; la mujer 10, por supuesto, era la mujer perfecta. Consciente de que la belleza es un valor subjetivo, McNulty se basó en estudios previos establecidos por pautas universales. Un tercio de las parejas respondían al modelo de mujer más guapa que el hombre; otro tercio, al de hombre más guapo que ella. En el tercio restante había equilibrio. Luego de eso los hizo discutir acerca de tópicos variados pero inherentes a sus personas. Los resultados demostraron que los feos respaldaban más a sus mujeres en sus decisiones, proyectos y creencias, es decir, los que se portaban mejor con ellas tenían a las más hermosas. McNulty también descubrió que en las parejas en donde el hombre era más guapo ni siquiera él obtenía el respaldo que esperaba. El científico esbozó la siguiente teoría: “El hombre físicamente menos atractivo que su esposa tiene la sensación de estar disfrutando de algo más de lo que podría esperar. Está obteniendo algo mejor de lo que él mismo puede proporcionar en ese parámetro, así que trabaja duro para mantener la relación”.
En otras palabras, se esfuerza por compensar. Los guapos nomás creen que lo merecen todo y se “dejan querer” sin dar nada a cambio ¡Cretinos! Aunque, si bien es cierto que el que la mujer no diera demasiada importancia al físico de su pareja era algo que más o menos se sabía, nadie se explicaba, hasta ahora, cuál era el secreto de de su inclinación hacia los feos. El hombre feo se esfuerza por mantener una relación que considera una suerte y por compensar la desigualdad física. Guapillos de ocasión e imberbes galancetes pubertos, aprendan esto: las mujeres encuentran en los feos lo que necesitan, o sea, atención y respaldo.
El primitivo cerebro del hombre guapo funciona siempre de esta otra manera: si se casa con una mujer que no está a su “altura” —que es menos guapa que él— siempre estará pensando en que podría haber conseguido “algo mejor”. Esto lo llevará a vivir en una especie de perenne insatisfacción, quizá mirando por la calle a las mujeres que pasean del brazo de los feos y preguntándose por qué que el mundo es tan injusto. De esos hombres, féminas con tendencia a gustar de los modernos metrosexuales de hoy, no se puede esperar respaldo ni compromiso; si acaso, miserablemente, tan sólo compartirán con ustedes el champú y las cremas antiarrugas.
Los feos las procuraremos, viviremos —y no dudaremos en morir— por ustedes, las pondremos en un pedestal y las adoraremos por siempre. Las abuelas y las abuelas de sus abuelas lo sabían, un hombre que se precie y que sea confiable debe tener, siempre, las tres efes: feo, fuerte y formal.
Alejandro Hernández y Hernández
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