Mi ciudad parece estar llena de gente deprimida, más en este último trienio municipal en donde no basta más que salir a la calle, ver un mural horrible en alguna pared o puente, y decir: ¡Xalapa, qué te han hecho! Luego, todo es irse a la Chiripa (¿aún existe?) a echarse unas pa’ olvidar. Pero de que andemos en la “depre” no nomás tiene la culpa quien mandó a pintar semejantes atentados al arte, sino que parece ser un sentimiento nacional. Veamos.
Comenta Fernando Escalante Gonzalbo, en un artículo publicado hace dos años en la revista Nexos: “La lectura más superficial de los periódicos de los últimos meses basta para ver que estamos atravesando una fase depresiva. En la prensa, al menos. No es sólo que haya problemas en el país, que los hay, no sólo que sean graves, sino que da la impresión de que fuesen casi insuperables. El tono que domina en los artículos de prensa, en los medios, es de lamentación.”
Cuando leí esto me surgió una primera pregunta: ¿Es, entonces, la percepción de desánimo que se palpa en la sociedad mexicana, culpa de un montón de periodistas maniacos? Y yo me contesté: Sí, en un 50%, y, tal vez, en el otro 50%. Es decir, el “sí” corresponde a todos los periodistas que no tenemos más modo de demostrar nuestra inconformidad con el sistema que quejándonos de él; el “tal vez” corresponde a la realidad que se percibe todos los días en las calles y que se deduce a fuerza de estar oyendo frases como: “¿Otra vez subió la gasolina?, ¡pinche gobierno bandido!”, “¡Qué!, ¿cincuenta pesos por un manojo de quelites?”, “¿Cómo que nos dejaron en bancos otra vez?”, etcétera.
Dentro del psicoanálisis el debate está aun abierto sobre este tema de la depresión, pues para algunos no se trata más que de síntomas, o sea que no se la considera como una entidad clínica específica. Para otros la depresión es una patología claramente definida y estructurada, sobre todo dentro de la psicosis maniaco-depresiva. La depresión que padecemos, entonces, parece ser una manera de manifestar el malestar producido por la ausencia de una respuesta coherente por parte de las instituciones, es decir: las instituciones no son capaces de cumplir con sus funciones, la arbitrariedad es un elemento "organizador", el silencio es la explicación a muchos hechos y evidentemente nadie es responsable de lo que hace. Con esta consideración, y apoyándonos en el psicoanálisis, podemos entender la depresión como una pregunta que el sujeto plantea a su medio en tanto que este medio (social, laboral, familiar) lo considera como un objeto de desecho y ya no un sujeto de deseo. Aquí me asaltó una segunda duda: ¿Todos los mexicanos, entonces, necesitaremos un psiquiatra? Puede que sí, pero también puede que no. No se duda que haya algunos paisanos que sí sean completamente felices aunque nadie los haya visto ni oído. Esto porque en la vía de la práctica un tipo feliz no es, por lógica, un tipo quejumbroso; lo cual quiere decir que los mexicanos felices no se perciben porque ninguno de ellos está dispuesto a perder su tiempo escribiendo de la realidad del país —si lo hicieran se deprimirían y, ¿pues qué necesidad? —.
Entonces, si la felicidad puede ser alcanzable por algunos, el problema del país resulta ser en el fondo un problema moral. Y por eso casi irremediable. En algún momento de nuestras vidas todos acabaremos despotricando en contra de la inmoralidad de los políticos, y de la inmoralidad de nuestros vecinos, de nuestros maestros, de nuestros jefes, etcétera. Lo cual, traducido al lenguaje social resulta en algo como: Los mexicanos somos flojos, los mexicanos somos corruptos, los mexicanos somos inciviles. Así está escrito en la prensa de hoy y así estaba en la de hace doscientos años y en la de hace cien.
Y supongamos que nos ponemos de acuerdo para cambiar esa actitud derrotista y que de repente el país empieza a caminar. Los políticos, aunque igual de sinvergüenzas, ya le piensan más para meter la mano; los partidos pugnan por el bienestar del pueblo y no por el propio —se vale tomarse un respiro para reír—; la “Tremenda Corte” ya no nos atora a cada rato, los diputados ya trabajan, los empresarios ya no se quejan y pagan sus impuestos como se debe; en fin, como que de pronto todo es felicidad. Me surge, ante esta utopía, la tercera pregunta: ¿Seguiríamos siendo mexicanos si eso pasara? Es decir: ya con qué convicción gritaríamos: “¡Con dinero y sin dinero…!”, “¡Ay dolor, ya me volviste a dar!”, “¡Nadie me quiere, todos me odian, mejor me como un gusanito…!”, “diciembre me gustó pa’ que te vayas…”, y todas esas frases que son tan sabrosas cuando uno anda melancólico —y alcoholizado— y que nos han dado patria y depresión.
Ya para terminar les dejo una cuarta pregunta que tampoco me pude contestar: ¿qué será peor, ser maniaco-depresivo o no tener identidad nacionalista en pleno maratón Guadalupe-Reyes? To be, or not to be: that is the question.
Alejandro Hernández y Hernández
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