Del cambio climático y otras tristezas

Del cambio climático y otras tristezas

 

Mi ciudad es un lugar que antes, si usted la empezaba a recorrer de sur a norte podía disfrutar del aroma de los limoneros y de los naranjos, o podía mirar cafetales y matas de plátano; llegando a las calles del centro, si era en la tarde el recorrido, podía disfrutar el aroma de los jazmines y de las rosas de Castilla que pendían de las bardas o de las macetas de los balcones, y ya llegando a los limites de Banderilla era posible, según la temporada, ver árboles cargados de manzanas o duraznos. Tal era la diversidad y la bonhomía del clima y del suelo xalapeño.

Hoy, si usted hace un paseo parecido lo único que irá oliendo será la gasolina y el diesel de los autos que circulan, en demasía, por las calles.

Recuerdo que cuando era chamaco, mis hermanos y yo organizábamos excursiones al confín del mundo conocido hasta entonces (la estación nueva o el “Salto del gato” por el rumbo del Sedeño) para ir a cortar nísperos o jinicuiles. También evoco algunos domingos en que, tomando un camión, casi foráneo, íbamos a Las Animas (diez casas y un beneficio de café en donde ahora está el fraccionamiento más “nice” de la ciudad) a comprar matas de dalias, que eran unas flores parecidas a una alcachofa pero de muchos colores. Cómo habrá cambiado la vida desde entonces (no son muchos años, lo que pasa es que los cambios han sido muy rápidos), que en los jardines de las casas había amapolas de todos los colores, y las cuales eran muy apreciadas por su constante floración. Luego se descubrió que los colores que se veían consumiendo su savia, eran más caleidoscópicos que los que ostentaban sus pétalos y la ornamentación floral con esas plantas perdió terreno al grado de la prohibición.

Ahora, con el cambio climático y sus devastadores efectos, tenemos el pretexto ideal para justificar la pérdida de estos elementos que le daban peculiaridad a nuestra Xalapa (antes de las flores); sin embargo, independientemente de los cambios bruscos del clima mundial, la urbanización mal planeada de una ciudad con tan poco espacio para crecer, la innegable permisividad de las autoridades al momento de autorizar fraccionamientos y asentamientos humanos nuevos, la poca o nula existencia de normas que obliguen a un crecimiento sustentable y con respeto al medio ambiente, son las causantes de que el microclima xalapeño no se parezca en nada al que le dio fama de ciudad “chipi-chipicienta”. Y es que ya hasta sufrimos, en esta inusual temporada de calor primaveral, de plagas de mosquitos que eran propios del clima tropical de menos de 500 mts. sobre el nivel del mar y no del que teníamos, que era uno tropical de altura.

El panorama todavía resulta menos halagüeño a futuro, pues la falta de agua promovida por la deforestación de los bosques del Cofre de Perote y los de la zona de Coatepec y Xico; además del cambio de uso de suelo (cultivos de café que requieren de árboles para sombra por fraccionamientos “campestres”), tarde o temprano nos pasará una factura que no podremos pagar.

La única solución es que cada uno de nosotros adopte un árbol o siembre uno, pero con el compromiso ineludible de cuidar de él. Pues para estadísticas maquilladas de informes oficiales que dicen que se han sembrado miles de árboles ya está bien.

Y no dudo que los hayan sembrado, lo que me preocupa, como dice mi madre, es que “peguen”.

Alejandro Hernández y Hernández
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