Mi ciudad está llena de gente pesimista. No hay más que entablar plática con alguien para que salga a relucir una plática catastrófica en donde el mundo, o la gente que vive en él, se van a terminar. Esto me ha movido a hacer una reflexión, misma que pongo a su consideración.
Nunca como ahora, que es cuando más seres humanos ha habido sobre la faz de la tierra, la vida humana ha estado más amenazada; jamás, como hoy, el hombre ha tenido tantas espadas de Damocles pendiendo sobre su cabeza. La gente en estos tiempos puede morir de un sinnúmero de causas: de cáncer, en cualquiera de sus manifestaciones; de un bombazo porque hay un “fregadal” de misiles atómicos apuntando para todas partes —y le comunico: el estado de Veracruz es un blanco táctico importantísimo—; de SIDA, de influenza y por un sinfín de amenazas más. Pero, ¿vale la pena preocuparse tanto?, ¿hay que vivir estresado por tanta amenaza latente acechándonos? No me crea, pero, ¿sabe qué es lo que yo pienso cuando me dicen que el día menos pensado nos caerá un avión en la cabeza? ¡Naaaaaa!, que es probable pero no tan probable como que me desnuque en el baño, o me caiga de un caballo, o me quede atrapado en fuego cruzado entre polis y criminales —forma de morir muy de moda en estos últimos años—.
Y es que sucede que la gente siempre tiende al catastrofismo. Recién los científicos han anunciado una actividad portentosa en la superficie solar —común como el movimiento eterno del universo en sus miles de soles— y no ha faltado el aguafiestas que ha dicho que algo gordo habrá de pasarnos. Pero eso, permítame decirle, pasa y ha pasado todos los días en el sol, miles de explosiones pasmosas, chorros incandescentes de plasma que suben miles de kilómetros como fuegos artificiales monstruosos son el diario devenir de nuestro astro rey y aquí estamos.
Para esos pesimistas —que me caen tan gordos—, que andan anunciando el Apocalipsis cada cinco minutos o que le dicen a uno que el mundo se va a caer, les tengo unos datos a ver si se les quita lo amargado y se ponen a hacer cosas de provecho en vez de andar de alarmistas.
Hay cosas con las que convivimos todos los días que sí son realmente peligrosas y nadie dice nada, que de tantas muertes que causan ya ni asustan y que de tan comunes mero ni respingamos, como quien dice —mexicanamente hablando—, no nos espantamos de los petates pero sí de los azotadores. Ahí tenemos, como un ejemplo de esto que les digo, nuestro coche. Tan bonito, tan flamantito, tan servicial… y tan peligroso.
Cada día, 55 mexicanos mueren a causa de la inseguridad vial, dos mil son hospitalizados con lesiones severas y 110 personas quedan discapacitadas de por vida y a ninguno de ellos ningún “profeta del desastre” les advirtió nada. Es más fácil, se ve entonces, morir en un accidente de auto que en uno de avión; hay más probabilidades de morir atropellado que de una descalabrada por un meteorito —hablando de tiempos apocalípticos—, y es más probable morir en un accidente en un vulgar camión de la ruta Sumidero-Centro que en una explosión atómica. Hasta los que arriesgan sus vidas a propósito, entiéndase alpinistas, paracaidistas, deportistas extremos, etcétera, tienen más expectativas de vida haciendo lo que hacen que un automovilista manejando por alguna de nuestras calles.
La muerte, evidentemente, es democráticamente cruel para los que profetizan el desastre; es decir, habrá algunos que tengan la pretensión de ser recordados como mártires de alguna guerra o como víctimas de algún desastre magnífico, como los que murieron en la erupción del Vesubio, por ejemplo, sin embargo —no quiera Dios—, lo más natural será que en sus obituarios se lea esta vulgar y común frase: “Aquí yace Fulanito de Tal, muerto en la última cruzada… por la avenida Lázaro Cárdenas”.
Alejandro Hernández y Hernández
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