Somos grandiosamente pequeños

Somos grandiosamente pequeños

La oración de coyuntura no acumula puntos para el certificado de buena conducta

Los fenómenos naturales de los últimos días, han provocado que se exteriorice la parte más primitiva de nuestra ser: el temor a lo desconocido.

Si a lo anterior agregamos el potencial comunicativo de las redes sociales, tenemos la fórmula perfecta para obtener un milenarismo recargado.

Facebook y WhatsApp, principalmente, se convierten en una versión digital de los heraldos negros (César Vallejo dixit), que nos anuncian calamidades que harían sonrojar a los Jinetes del Apocalipsis.

En este sentido, sería interesante que los sicólogos y sociólogos, indagaran si este miedo cerval que padecemos, está ligado a un sentimiento de culpa colectivo, surgido a partir de la exacerbación de la violencia criminal y de la violencia que mata lentamente: la corrupción.

¿Qué estaremos pagando?, parece ser la duda que atormenta al reprimido homo sapiens neanderthalensis que todos llevamos dentro.

Así como alguien ‘Ha soñado al primero que en el trueno oyó el nombre de Thor’ (Borges dixit), nosotros, esos que alardeamos dominar el mundo, vemos en el Ojo de Irma figuras diabólicas, y en los zumbidos trepidantes del terremoto escuchamos un: ¡voy por ustedes!

Si orar los reconforta: oren. Si llorar los apacigua: lloren. Si arrepentirse los expía: arrepiéntanse.  Si ausentarse les quita la ansiedad: auséntense. Si hallar el olvido al ‘estilo Jalisco’ los alivia: ¡inviten!

La insoslayable brevedad
Javier Roldán Dávila

@javieroldan

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